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Sembradores de la belleza del Evangelio

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Para comunicar a los oyentes el resplandor de la Buena Nueva, el predicador debe reflejarla en su propia vida. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han estimulado a los pastores a que adornen sus predicaciones con un toque de belleza que brote del corazón.

Si bien la parábola del sembrador (cf. Lc 8, 4-15) expone elocuentemente la importancia de la Palabra, así como la forma en que el «campo» del corazón debe estar preparado para recibir la semilla, cultivarla y producir frutos, hay otro aspecto olvidado en la influencia de una buena predicación.

 Si el anuncio de la Buena Nueva sólo buscase instruir (docere) a las almas en la verdad, sin   agradar (delectare) por medio de la belleza, jamás conseguirá moverlas (movere) hacia la   bondad, es decir, a la conversión1. Se siembra la verdad, pero se ahoga la belleza; germina la Palabra, pero no madura el fruto.

 La metáfora del «Buen Pastor» (Jn 10, 11.14) en su significado original se refiere al   «Hermoso Pastor» (ποιμὴν ὁ καλὸς). En su vida terrenal, el Verbo Divino irradiaba los   esplendores del Padre Eterno, atrayendo a todos hacia Sí (cf. Jn. 12, 32). En este sentido,   las manos de Jesús no sólo tocaban, sino que hablaban. Su boca no sólo hablaba, sino que   tocaba los corazones por medio de las palabras. Su mirada fascinaba a quien alcanzaba. El   pueblo, asombrado, decía: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7, 37). Antes bien, diríamos nosotros, lo hizo bellamente en unión con la verdad. He aquí, por tanto, el modelo de anuncio de la verdadera, bella y buena noticia de la conversión al Dios vivo (cf. Hch 14, 15).

«Christianus alter Christus: después de contemplar la verdad, el cristiano debe comunicar a los demás lo que ha sacado de ella. Aquí brilla el papel esencial de la belleza en la transmisión del Evangelio. Predicar la verdad no es suficiente, es necesario «re-velarla». Literalmente quitarle el velo al manifestarla sensiblemente. El pulchrum —bello—, por la atracción que tiene, arrebata y mueve la voluntad para que se entregue y, finalmente, llega a su plenitud en el amor, cuando descansa el espíritu en la posesión de lo deseado.

El Magisterio pontificio, especialmente desde el Concilio Vaticano II, ha reforzado la importancia de la vía de la belleza para la transmisión de la Fe. En la Carta a los artistas, Juan Pablo II señala: «Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios»2. Benedicto XVI recalca que la Iglesia «nunca se ha cansado de dar a conocer a todo el mundo la belleza del Evangelio»3. También Francisco afirma: «Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al “camino de la belleza” (via pulchritudinis)»4.

En la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Pontífice acentúa que algunas «verdades reveladas [...] son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios»5

 

 

Es necesario, por tanto, «recuperar la estima de la belleza para poder llegar al corazón humano y hacer resplandecer en él la verdad y la bondad del Resucitado. [...] Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en su tarea evangelizadora, en continuidad con la riqueza del pasado, pero también en la vastedad de sus múltiples expresiones actuales, en orden a transmitir la fe en un nuevo “lenguaje parabólico”»6. Y Francisco continúa: «En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien. La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios»7.

La via pulchritudinis —vía de la belleza— nos atrae, por medio del amor, al encuentro personal con Jesús, el «Hermoso Pastor», y con María, la que es toda hermosa —tota pulchra. Así, a través de la unión íntima y sublime con Ellos, la humanidad podrá encontrar armonía, integridad y esplendor proporcionados y, en este sentido, «la belleza salvará al mundo».

Si desea leer el artículo completo puede encontrarlo en
la Revista Heraldos del Evangelio · Nro. 173 · Diciembre 2017

 

 P. Alex Barbosa de Brito, EP
 Presidente General Interino de los
 Heraldos del Evangelio

 

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1 Según la tríada de la retórica clásica (cf. CICERÓN, Marco Tulio. Brutus, c.XLIX, n.º 185; Orator, c.XXI, n.º 69.
2 SAN JUAN PABLO II. Carta a los artistas, n.º 12.

3 BENEDICTO XVI. Ubicumque et semper, 21/9/2010.
4 FRANCISCO. Evangelii gaudium, n.º 167.
5 Idem, n.º 36.
6 Idem, n.º 167.
7 Idem, n.º 142.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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