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Pináculo del Universo

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Si alguien recorriese la tierra con la única finalidad de contemplar lindos panoramas, talvez haría el viaje más placentero de todos los tiempos. Pero, mayor encanto tendría el viajero, si evitase recorrer ciudades y áreas habitadas, dedicándose apenas a admirar en silencio regiones solitarias, paisajes en los cuales el hombre no dejo sus vestigios,  que permanecen  vírgenes desde su origen, próximos de aquel principio en que la voz del Creador, ecoando en el vació, dijo: “¡Hágase!”, en aquel momento remoto en que Dios creo el cielo y la tierra (Gn 1,1).

Así, después de caminar o sobrevolar la inmensa variedad de paisajes, ellos se transformarían para el feliz peregrino una propiedad de valor incalculable, colección de maravillas depositadas para siempre en el tesoro de su memoria. Entretanto, después de reflexionar y meditar, en su mente surgiría una pregunta, flor del recuerdo y la nostalgia.

¿No podrá existir un panorama, el más perfecto entre todos, que reuniese en si la belleza de los demás, sin que nada le falte?, ¿Cómo sería?, ¿Cómo abarcar en una sola mirada el fulgor de las nieves eternas, o la sonrisa de los valles, la extensión amenazadora de los desiertos, la tranquilidad de las praderas, la majestad de las cordilleras y la intimidad de las colinas, la amenidad de las playas y el misterio de las selvas, o el murmullo de las cataratas o la grandeza del mar?.

Tal pregunta tendría toda la razón de ser. Y… es tan llena de sabiduría, que Alguien ya la formulo desde toda la eternidad y encontró respuesta.

¿Una persona que pensó en esto? No, ¡Tres personas! El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Desde toda la eternidad, la Santísima Trinidad idealizo una creatura que reuniese en Si la santidad, la pureza y el esplendor contenidos en el universo, y así lo hizo, adornando la creación con el panorama más bello y completo que jamás mente humana o angélica pudo concebir: María Santísima.

¡María! La Madre de Dios, Virgen de las Vírgenes, Espejo de Justicia, Consoladora de los afligidos, Puerta del Cielo, Estrella de la Mañana. ¡María! ¡Cuánta variedad, belleza y perfección, se encuentran en este Nombre! Delante de Ella, la corte celestial se inclina, la tierra se rejubila y el infierno se estremece. Debajo de la Persona Divina de Nuestro Señor Jesucristo, Hombre-Dios, nada existe en el orden de lo creado o de lo posible, que se pueda comparar a Ella.

De Maria, nunquam satis. De Ella nunca es suficiente, exclamo el gran San Bernardo de Claraval, cantor amoroso de Nuestra Señora y doctor marial por excelencia. Y nosotros también queremos proclamar:

¡Oh Reina y Madre nuestra, obra-prima del Creador y pináculo del orden del universo! No fue apenas la Santísima Trinidad quien Se benefició con vuestra creación. Nosotros también, Señora, deseamos reconocerte como Emperatriz llena de grandeza y majestad, mas también como Madre perfectísima, transbordante de compasión y misericordia, que jamás dejas de atender las suplicas de vuestros hijos, y les prometisteis vuestro Reino sobre la tierra, cuando anunciasteis en Fátima: Por fin, mi Inmaculado Corazón Triunfará”

Pidamos a María que ese triunfo de Su Inmaculado Corazón llegue cuantos antes y empezando ya en nuestros corazones.

 

Publicado en la revista Heraldos del Evangelio, Mayo 2014, No. 149, P. 2 y reproducido en su original en portugues en http://www.arautos.org/secoes/artigos/doutrina/virgem-maria/pinaculo-do-universo-162144

 

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