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Espiritualidad

Un cántico que invita a la conversión

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El "Miserere" de Allegri

  

Tan grande era el efecto que producía en las almas, que el Papa prohibió su transcripción y ejecución fuera del Vaticano. Sin embargo, en el siglo XVIII la melodía empezó a circular por Europa. ¿Había sido robado el famoso “Miserere” de Allegri?

  

 

 

Impulsivo, precipitado y, por desgracia, en ocasiones un tanto irreflexivo, nada más escuchar de los labios de Jesús la parábola del Buen Pastor, San Pedro le pregunta: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18, 21). Y es probable que se sorprendiera con la respuesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 22)...

El divino Maestro quería enseñar con este precepto que no hay límites para “salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10) y demostrar la bondad de su Sagrado Corazón, deseoso de atraer hacia sí a los que cayeron bajo el peso de sus miserias, como Él mismo diría explícitamente siglos más tarde: “Sí, deseo perdonar y quiero que mis almas escogidas den a conocer al mundo cómo espero, lleno de amor y de misericordia, a los pecadores”.1

¿Quién no necesita de arrepentimiento y de perdón?

El propio Príncipe de los Apóstoles sería objeto de la misericordia divina cuando, en plena Pasión del Salvador, llegó a negarle tres veces, como fue predicho. No tardó mucho tiempo en pasar por allí el Señor y “le echó una mirada a Pedro” (Lc 22, 61); y tan hondo caló en su alma esa mirada cargada de perdón que, “saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22, 62), arrepentido. Ciertamente que con ello alcanzó a comprender mejor el mandato dado por Jesús y las sabias palabras del Eclesiástico: “Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados” (28, 2). 

¿Quién es el que, llevando en su alma las secuelas del pecado original y de sus propias miserias, no necesita arrepentirse de ellas y pedir perdón? Basta un sincero examen de conciencia para darse cuenta de cuán débil es la naturaleza humana y cómo es indispensable el auxilio divino para lograr un firme propósito de enmienda y una conversión auténtica.

Paradigma de la contrición perfecta

Un ejemplo paradigmático de alma contrita y penitente es el rey David, quien al ser amonestado por el profeta Natán enseguida admite su falta: “He pecado contra el Señor” (2 Sam 12, 13a). Primer paso para recibir el perdón, ¡reconocer la maldad del propio pecado es como si “derritiera” el corazón de Dios! Por eso Natán le transmite inmediatamente la decisión divina: “el Señor ha perdonado tu pecado” (2 Sam 12, 13b).

Consciente, no obstante, del mal que había hecho, el rey-profeta compondrá el admirable cántico que la Iglesia denomina Salmos penitenciales. En ellos la contrición perfecta de su alma se manifiesta en la intensidad con que reconoce la maldad de su pecado y su ofensa a la majestad divina.

Para mostrar tan profundo sentimiento, comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, David “realza la divinidad de Dios y, por lo tanto, su suprema grandeza, su suprema dignidad, subrayando aún más la torpeza del acto que cometió y que no debería haber cometido. Nace de ahí una petición de perdón con expresión de dolor, con consideración de la justicia divina, acentuando cómo Dios sería justo si castigara el pecado de acuerdo con su gravedad. Pero, en segundo lugar, el pecador considera también la bondad de Dios suprema e infinita y, aunque transido de santo temor ante su justicia, le pide que atenúe el castigo, que aplaque en algo el rigor de la pena que merece recibir. Entonces viene un agradecimiento, pues el pecador reconoce que Dios lo ha perdonado y ha restablecido con él —castigándolo o no— la amistad de antaño”.2

¿Había sido robado el “Miserere”?

 Entre los Salmos penitenciales, el más “apropiado para regenerar almas maculadas por el pecado” 3 es el llamado Miserere: “Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam, et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam — Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sal 50, 3).

En el siglo XVII ocurrió un hecho memorable en el que se vio envuelto dicho salmo, que con el paso del tiempo fue incluido en la liturgia de la Iglesia. 


El Papa Urbano VIII le había encargado a Gregorio Allegri, sacerdote que se dedicaba a la música sacra, alumno de Giovanni María Nanini, íntimo amigo de Palestrina y miembro del coro de la Capilla papal, una melodía que acompañara las ceremonias de la Pasión del Señor celebradas en el Vaticano el Jueves y Viernes Santos. Compuso una partitura en falso bordone, para dos coros: uno de cuatro voces, que canta una versión más simple del tema original, y otro de cinco voces, que, situado a cierta distancia del primero, responde con una versión del mismo tema más elaborada.

La ceremonia litúrgica se realizaba en la Capilla Sixtina, a la luz de unas velas que iban siendo apagadas en el transcurso de la celebración y del canto. Al final sólo quedaban trece, en representación de Jesucristo y los doce Apóstoles, y cuando éstas también eran apagadas el recinto quedaba en la más completa oscuridad.

Tan grande era el efecto de compunción que el acto litúrgico producía en las almas, que el Papa prohibió la transcripción de la partitura y su ejecución fuera del Vaticano, bajo pena de excomunión. Sin embargo, en el siglo XVIII la melodía empezó a circular por el mundo anglosajón y por Europa Central. ¿Había sido robado el Miserere?

El “ladrón”: ¡un niño prodigio!

No pasó mucho tiempo en ser desvelado el misterio...

En 1770 la fama de esta composición recorría toda Europa, cuando Wolfgang Amadeus Mozart, con 13 años de edad, y su padre, Leopold, visitaban Italia para perfeccionar sus conocimientos musicales con los maestros de la época. El Jueves Santo asistieron a la ceremonia litúrgica en la Capilla Sixtina y, por la noche, al regresar al hospedaje el pequeño Mozart transcribió completos los doce minutos de la música polifónica.

El niño prodigio volvió a oír el cántico del célebre Miserere al día siguiente, en la liturgia del Viernes Santo, y aprovechó la oportunidad para cotejarlo con su partitura, sobre la que hizo algunas correcciones.

Su padre, exultante, le escribió a su esposa, que se encontraba en Salzburgo, en estos términos: “Habrás oído hablar del famoso Miserere en Roma, que es tan apreciado que hasta los intérpretes tienen prohibido bajo pena de excomunión el llevarse aunque sólo sea una parte de él, copiarla o dejársela a nadie. ¡Pero nosotros ya lo tenemos! Wolfgang lo ha transcrito”.4

La noticia se divulgó, como era de esperar, y llegó a oídos del Papa de entonces, Clemente XIV, quien, contra todo pronóstico y haciendo justicia a su nombre, perdonó la transgresión. Por otra parte, impresionado con los dones que la Divina Providencia había concedido al joven músico, lo nombró Caballero de la Orden de la Espuela de Oro, condecoración pontificia conferida a quien había prestado un servicio en la propagación de la fe católica o hubiera concurrido para la gloria de la Iglesia.

Triunfo de la misericordia y de la bondad

Mozart, con su pequeño “delito”, hizo rendir el talento con el que Dios le había beneficiado, contribuyendo a intensificar el fervor de los fieles en el amor por el divino Salvador que, con su muerte en la cruz, compró el perdón divino para todos sus hijos.

Así actúa Dios con quien no desea sino la gloria de su Iglesia. Por ello, en su infinita misericordia, hace cien años mandó a su propia Madre a Fátima para advertirles a los hombres de buena voluntad de las grandes iniquidades de nuestros días.

Los que reconozcan sus faltas y miserias, en atención a su llamamiento de conversión, recibirán la gracia de tener el alma compungida, y merecerán el gran perdón de la Historia, ¡participando en el cumplimiento de sus promesas! Porque “el Reino de María vendrá por un acto de clemencia de la Santísima Virgen, ya que la afirmación ‘mi Inmaculado Corazón triunfará’ equivale a decir que su misericordia y su bondad triunfarán”.

 

 

    Hna. Juliane Vasconcelos Almeida Campos, EP

 

 

Fuente: Publicado en la revista "Heraldos del Evangelio, No. 172, Noviembre 2017, pags. 23-25

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1 MENÉNDEZ, RSCJ, Josefa. Un llamamiento al amor. 3.ª ed. Buenos Aires: Guada-lupe, 1960, p. 266.

2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. “Tende piedade de mim, ó Deus...” In: Dr. Pli-nio. São Paulo. Año VI. N.º 63 (Junio, 2003); p. 7.

3 Ídem, ibídem.

4 FERNÁNDEZ MAYORGA, Francisco Jesús. Mozart, la Semana Santa y la prime-ra descarga “ilegal”. In: Lig-num Crucis. Almogía. N.º 11 (Cuaresma, 2011); p. 26.

5 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Por fim, o meu Imaculado Coração triunfará! São Paulo: Lumen Sapien-tiæ, 2017, p. 120.

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