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Espiritualidad

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

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El don más excelso de todo el orden de la creación

En María, Dios quiso unir la insuperable dignidad de la maternidad divina con el mayor don de la gracia, el cual restauró la belleza del universo creado e inició la Historia de nuestra Redención

En aquel tiempo, 26 en el mes sexto, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

28 El Ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
29 Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. 30 El Ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. 31 Con-cebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32 Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su Reino no tendrá fin”.
34 Y María dijo al Ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”.
35 El Ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. 36 También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, 37 porque para Dios nada hay imposible”.
38 María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Y el Ángel se retiró (Lc 1, 26-38).

 I – La visión acertada de las cosas es la de Dios

Contemplar los acontecimientos a partir de una perspectiva divina es difícil para nosotros, criaturas humanas, mientras vivimos en la tierra. Por estar sujetos a las leyes del tiempo, nuestro raciocinio es discursivo, diferente del modo de pensar proprio de Dios, para quien sólo existe el presente. Pero cuando lleguemos a la eternidad y nos encontremos cara a cara con Él, todo será mucho más sencillo, porque nuestra inteligencia se volverá deiforme.

En este mundo, por el contrario, conocemos las cosas por los sentidos y tendemos a considerar como realidad sólo lo que ellos captan, porque pensamos que ése es el medio más eficaz para analizarla. Sin embargo, esa idea no es correcta, porque todo está en Dios, como enseñó San Pablo en el Areópago de Atenas: “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Cada criatura estuvo en Dios desde siempre y al crearla también lo hizo dentro de sí mismo, pues nada existe fuera de Dios. Mientras nosotros vemos las cosas desde el exterior, Dios lo ve todo en sí mismo con absoluta perfección.

Dos modos de ver la realidad

Nada mejor que un ejemplo para ayudarnos a comprender esto. En el pasado, los observatorios astronómicos estaban equipados con grandes y pesadas lentes, también llamadas telescopios refractores. Además de ser de difícil manejo, su fabricación era bastante costosa por la necesidad de lentes apropiadas. Con los avances tecnológicos, esos aparatos fueron siendo sustituidos por otros más sencillos, eficientes y menos costosos, los telescopios reflectores, compuestos sobre todo por espejos en vez de lentes. Con este sistema, el observador no examina directamente los astros con las lentes, sino las imágenes de los cuerpos celestes reflejadas en los espejos. El resultado es un análisis más esmerado y preciso de la bóveda celeste.

Con nosotros sucede algo parecido: cuando nos atenemos a nuestra pobre visión humana, es como si estuviésemos usando una arcaica lente; si intentamos interpretar los hechos en Dios, en Él veríamos todo con mayor claridad y exactitud. He aquí la razón por la cual debemos empeñarnos en discernir las cosas en función de Dios, en vez de concluir por nosotros mismos.

La Historia vista desde la perspectiva divina

Ahora bien, está claro que vemos la Historia de un modo cronológico. Por ejemplo: se dio la creación de los Ángeles, uno de ellos se rebeló, arrastró tras de sí a una tercera parte de los espíritus celestiales y todos ellos fueron arrojados al infierno. Después fueron creados Adán y Eva e introducidos en el Paraíso, donde vivían felices hasta el momento en que, engañados por la serpiente, desobedecieron a Dios, manchando el universo con el pecado. Más tarde el Señor nos redimió. Tal sucesión de acontecimientos es verdadera, pero insuficiente y muy distante de la realidad completa. ¿Y ésta cuál es?
Evidentemente, lo que pasa en el seno de la Santísima Trini-dad es impenetrable para nosotros. ¿Cómo alcanzar la extraordinaria altura del pensamiento divino? Son tres Personas idénticas y, no obstante, se entretienen en una inmensa felicidad. Por más que queramos, nunca podremos formarnos una noción exacta de cómo se dio la idealización del orden del universo con todas las maravillas que lo componen. Sin embargo, nada nos impide meditar a ese respecto. Debido a nuestra naturaleza tenemos la necesidad de imágenes para entender mejor las cosas y, por eso, precisamos casi que “humanizar” a Dios. Imaginemos, pues, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo planeando la creación, durante una conversación entablada desde toda la eternidad. Concebir una cosa que no ha tenido principio, para nosotros ya es algo bastante complicado...

Los fundamentos del universo

Dios tiene en sí —usamos a propósito la palabra “tiene” porque, como hemos dicho, para Él no hay pasado ni futuro— infinitos universos posibles, Ángeles y hombres que no fueron creados, así como infinitas posibilidades de relaciones de los hombres entre sí, de los hombres con los Ángeles, etc. No obstante, elige y crea el mundo en el cual vivimos, ciertamente el mejor para la realización de sus designios, pues siendo Dios la Perfección no podría preferir algo inferior a lo que existe.1 Según nuestro concepto, la formación de ese universo sería semejante al proceso de construcción de un edificio: empezamos por los cimientos, afincados en el seno de la tierra, y sobre ellos alzamos las paredes, para sólo entonces preocuparnos de las partes más nobles. En la mente de Dios, al contrario, los cimientos son el punto más alto y sublime. Por ese motivo, el plan de la creación parte de la criatura princeps, Cristo, y en función de Él todo se construye, como enseña San Pablo en la segunda Lectura de hoy: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante Él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos” (Ef 1, 4-5).

Ahora bien, es doctrina común de la Iglesia que en el pro-yecto divino Jesús y la Virgen ocupan el mismo lugar.2 Por tanto, a partir de ambos Dios constituye el universo.

La más sublime de las criaturas

Siendo Jesús la Segunda Persona de la Santísima Trinidad encarnada, Hombre Dios, no tiene personalidad humana, sino divina; es el proprio Hijo, engendrado y no creado, consubstancial con el Padre, aunque haya asumido nuestra naturaleza. María, la Madre de Dios, sólo tiene personalidad humana, pero es la más sublime de las criaturas, la máxima realización en el mundo creado e incluso en el mundo de las criaturas posibles que no llegaron a ser creadas. Desde toda la eternidad fue causa de alegría para las tres Personas Divinas. Podemos imaginar que, al contemplarla, el Padre exclamase: “¡Ella será mi Hija!”; el Hijo dijese: “¡Ella será mi Madre!”; y el Espíritu Santo: “¡Ella será mi Esposa!”. Y, deteniéndose en el amor a Ella, la colmaron de todo cuanto le convenía entre las bellezas de la creación y de los tesoros de la gracia, coronándola con un singularísimo don: la Inmaculada Concepción.

Es importante recordar aquí que ésta, como todas las demás prerrogativas de la Santísima Virgen, fluye de su privilegio esencial, la maternidad divina, insuperable dignidad que la eleva de forma relativa, pero auténtica, al séptimo plan de la creación, o sea, el orden hipostático. Estos presupuestos nos permitirán comprender mejor la Liturgia de esta Solemnidad, la cual nos muestra en la primera Lectura y en el Evangelio, respectivamente, dos pasajes de la Sagrada Escritura alusivos a la Inmaculada Concepción: el célebre versículo del Génesis llamado Protoevangelio (cf. Gen 3, 15) y la salutación del Ángel a la Virgen (cf. Lc 1, 28). Como el texto de San Lucas3 ya ha sido comentado en otras ocasiones, aprovechemos para hilar algunas consideraciones sobre la Inmaculada Concepción a partir del episodio narrado en la primera Lectura (Gen 3, 9-15.20). En el plan de la creación  trazado por Dios, este hecho también estaba incluido como antípoda de Aquella que hoy celebramos.

II – “Pondré enemistad entre ti y la mujer”

El amor es eminentemente comunicativo: si alguien, por amor a Dios, ama a otro, desea darse por entero a quien ama. Así pues, Dios nos ama desde toda la eternidad.

Por eso, además de erigir al hombre como rey de la creación, poniendo a las criaturas bajo su dominio, le concedió toda suerte de dones naturales, preternaturales y sobrenaturales. Adán y Eva, con todo, aceptaron la oferta del demonio —“seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gen 3, 5)— y probaron el fruto prohibido, sufriendo enseguida las consecuencias de su desobediencia. Al sentirse vacíos —es decir, frustrados, una sensación inevitable derivada del pecado mortal—, intentaron esconderse de Dios. He aquí un error, consecuencia del pecado original, en el cual la humanidad viene incurriendo de generación en generación: huir de Dios cuando se comete una falta. Tal actitud es un verdadero suicidio espiritual. El ejemplo de David, de Santa María Magdalena, de San Agustín y de tantos otros Santos en la Historia, que fueron atendidos superabundantemente cuando, arrepentidos de sus errores, se presentaron ante Dios para pedir perdón, nos muestra qué equivocada fue la reacción de nuestros primeros padres. Dios está en todo momento a nuestra disposi-ción para perdonarnos.

El pecador siempre quiere justificarse

El Creador entonces le preguntó al hombre: “¿Dónde estás?” (Gen 3, 9). Está claro que Dios ya lo sabía... ¡Adán estaba dentro de Él! Pero era un modo de increpar a su conciencia llevándole a reconocer el pecado. Y Adán intentó explicarse: “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo” (Gen 3, 10).
Una vez más el Señor le preguntó, a pesar de que conocía todo lo que estaba sucediendo: “¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?” (Gen 3, 11). Por medio de este diálogo, Dios se adaptaba al modo de raciocinar humano para hacer caer en sí a Adán, porque a esas alturas ya estaba intentando olvidar su culpa. El que comete un pecado mortal —en este caso, en ma-teria de obediencia— tiene la tendencia a crear enseguida una justificación de su acto. Nadie practica el mal por el mal.4 Adán y su mujer pecaron con la ilusión de obtener un bien: ser iguales a Dios. Por eso Adán se excusó: “¡La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí!” (Gen 3, 12). O sea, en vez de pedir perdón, atribuye a Dios la responsabilidad del cri-men, como diciendo: La culpa es tuya y no mía. Creaste a esta mujer, ella me trajo el fruto y comí. Eva, a su vez, tuvo la misma reacción al ser interpelada por Dios: “La serpiente me sedujo y comí” (Gen 3, 13). Cuando uno no asume su proprio error, termi-na por echarle la culpa a otro. 

Las consecuencias del pecado... y el plan de Dios

Terribles son las consecuencias del pecado original para la humanidad. Por haber entrado en la vía de la enemistad con Dios, Adán y Eva perdieron la gracia santificante y, con ella, todos los demás dones sobrenaturales. Y también los dones preternaturales, como, por ejemplo, el de la inmortalidad, el de la integridad —perfecto equilibrio entre las pasiones, la razón y la voluntad— y, en el caso de Adán, la ciencia infusa. Incluso la naturaleza humana se debilitó,5 pues la inteligencia se oscureció y la voluntad quedó con tendencia a elegir el mal. Adán y Eva se volvieron débiles en la lucha contra las tentaciones. Ésta es la herencia que recibimos de ellos, porque somos sus descendientes.

No existía ni una sola criatura humana capaz de saldar esa deuda. Y aunque Dios bien podría haber perdonado el pecado gratuita y libremente, puesto que Él es el ofendido y el juez, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad quiso ofrecer una reparación al Padre, encarnándose para obrar la Redención. Por eso, inmediatamente después de maldecir a la serpiente, usada por el demonio como instrumento de la tentación, Dios declaró: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gen 3, 15). En estas palabras se encuentra sintetizado el mensaje del Evangelio, porque “con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios, Cristo Jesús, y designada la Santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. [...] la Santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo, hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado”.6

¿Cómo aplastó la Santísima Virgen la cabeza del demonio? Es lo que leemos en el Evangelio. Si Eva, al aceptar la petición de la serpiente, atrajo la maldición sobre el género humano, María, al decir “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) —consintiendo en ser utilizada como escenario de la lucha entre el Hijo de Dios y satanás— venció no sólo al pecado, sino también a la muerte.

III – La gloria de la Inmaculada Concepción

Según la expresión repetida por muchos santos, de Maria nunquam satis, de María nunca sabremos lo suficiente.7 Y así como nunca nos sentimos lo suficientemente satisfechos al oír hablar de Ella, tampoco nos contentaremos nunca cuando se trata de glorificarla. Establecida la Solemnidad de la Inmaculada Concepción en el tiempo de Adviento, la Iglesia suspende el carácter de austeridad de este tiempo litúrgico para celebrarlo con gran pompa y alegría. Entre la abundancia de comentarios a que tal conmemoración da lugar, recordemos que este don especialísimo de María es un triunfo del mismo Jesús, pues todo lo que Ella posee se debe al hecho de ser su Madre. Por tal razón, las alabanzas que tributamos a la Madre tienen como causa y término final al Hijo.

Y la maternidad divina fue precisamente uno de los argumentos en los cuales la piedad popular se apoyó para sustentar la Concepción Inmaculada, mucho antes de la proclamación del dogma. Por el proceso natural de la gestación, la Santísima Virgen dio su sangre para la constitución física del Salvador, de modo que la Carne y la Sangre de Jesús son la carne y la sangre de María. Sería absurdo imaginar al Hombre Dios siendo formado a partir de sangre impura, en un claustro materno manchado por el pecado original, porque de una fuente impura no puede brotar lo que es puro. En virtud de la Encarnación del Verbo, María tenía que estar exenta del pecado. Y si defendemos la divinidad de Jesucristo, es forzoso que defendamos también la Inmaculada Concepción de su Madre.

Otro hermoso aspecto de ese privilegio es la gloria que éste significa para la Iglesia, de la cual la Santísima Virgen es Madre. Siendo misión de la Iglesia combatir el pecado, disminuir sus efec-tos y distribuir la gracia a las almas, no puede haber honor más grande para ella que tener una Madre y Reina Inmaculada y llena de gracia. Pero, también con relación a María la Iglesia ejerció la función de santificar con una perfección imposible de ser igualada en cualquier otra criatura: durante los años en que la Santísima Virgen vivió después de la Ascensión de Jesús, orientando y amparando maternalmente a la Iglesia naciente, Ella se benefició del sacramento de la Eucaristía, y cada comunión aumentaba en Ella, en proporciones inmensas, el extraordinario tesoro de gracia recibido en su Concepción Inmaculada.

La proclamación del dogma

Le correspondió al Beato Pío IX —cuyo largo pontificado transcurrió en un período de gran tensión contra la Iglesia— incluir este título mariano entre los dogmas de Fe. El ambiente católico ya se encontraba preparado, sobre todo porque el Santo Padre y varios de sus predecesores desde hacía mucho venían promoviendo la devoción a la Inmaculada Concepción, incluso con prohibición de que se difundiesen tesis contrarias a esta doctrina. Se cuenta que, en cierta ocasión, estando el Papa desterrado en Gaeta, el Cardenal Lambruschini le dijo: “Santo Padre, Su Santidad no cambiará el mundo si no es declarando el dogma de la Inmaculada Concepción”. Poco después de esto, el 2 de febrero de 1849, el Papa lanzó la encíclica Ubi Primum, dirigida a los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos de la Iglesia Universal, consultándoles sobre esta cuestión.8 Salvo poquísimas excepciones —menos del diez por ciento de un total de más de 600 cartas enviadas—, las respuestas fueron todas favorables. Y cuando volvió a Roma, en 1850, Pío IX convocó a todos los Obispos del mundo para que contribuyesen en el trabajo de la comisión encargada de preparar la bula de definición del dogma.9

Finalmente, el 8 de diciembre de 1854, a las once de la mañana, se reunieron en la Basílica de San Pedro doscientos dignatarios eclesiásticos, entre Cardenales, Arzobispos y Obispos, para la solemne Misa pontifical, durante la cual se llevó a cabo la ceremonia de definición del dogma. Antes del Ofertorio, el Cardenal Macchi, decano del Sacro Colegio, se acercó al trono pontificio donde se encontraba el Papa y, en nombre de la Iglesia, le dirigió la súplica, como prescribía el ceremonial: “Santísi-mo Padre, dignaos levantar vuestra voz apostólica en medio de la celebración del sacrificio incruento comenzado y pronuncie el decreto dogmático de la Inmaculada Concepción, que hará nacer nuevo júbilo en el Cielo y llenará de alegría todo el mundo”. Levantándose, Pío IX ordenó que se entonase el Veni Creator Spiritus, acompañado al unísono por todos los presentes. Concluido el cántico, el pueblo se puso de rodillas y el Papa, en pie, inició la lectura de la Bula Ineffabilis Deus, cuyo auge fueron las siguientes palabras:

“Después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda la corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu Paráclito, e inspirándonoslo Él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la Fe Católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra:

“Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Je-sucristo, Salvador del género humano”.10

Terminada la proclamación, el cañón del Castillo de Sant’Angelo tronó en salvas y las campanas de la Ciudad Eterna repicaron para festejar el reconocimiento oficial de la Iglesia a esta prerrogativa mariana, la cual hace que el Cielo se regocije, los infiernos tiemblen, llena de consolación a sus hijos en la tierra y de tristeza a sus adversarios. En una palabra, es un dogma que evidencia la enemistad entre el linaje de la Virgen y el de satanás.

Algunas consideraciones sobre la fórmula del dogma

Admirables son la belleza y la precisión de los términos usados en la fórmula dogmática. Por ejemplo, la expresión “en el primer instante de su concepción” indica que María fue exenta del pecado en el momento en que, por así decirlo, Dios pronunció el fiat para su creación y Ella empezó a existir en el tiempo tal como había sido idealizada desde toda la eternidad. Ya las palabras “por singular gracia y privilegio de Dios omni-potente” dejan claro que lo normal hubiera sido que la Santísima Virgen fuese concebida con la mancha del pecado, como cualquier hijo de Adán y Eva; pero como para Dios no hay nada imposible, Él quiso dispensar a su Madre de esa herencia de muerte. Y el argumento teológico fundamental del dogma se expresa así: “fue preservada inmune de toda mancha de culpa original [...] en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”. Explicando esta doctrina, la teología recurre a una expresiva analogía:

Las dos maneras de redimir a un cautivo. Hay casos en que éste está en la cárcel y mediante el pago de un rescate es puesto en libertad. Sin embargo, hay otros en los que el individuo corre el riesgo de ser encarcelado, y antes que esto ocurra alguien paga el rescate. Llevando nuestra imaginación a aquella eterna conversación de la Santísima Trinidad, podemos suponer que el Hijo se habría dirigido al Padre, diciendo: “Antes que el pecado original toque a mi Madre, le aplico el precio de mi Sangre que será derramada en el Calvario”. Por haber sido objeto de esa Redención preventiva, “María tiene algo en común con todos los hombres, el haber sido rescatada por la Sangre de su Hijo; pero tiene de particular, que esa Sangre ha sido sacada de su casto cuerpo. [...] Tiene en común con nosotros que esa Sangre cae sobre Ella para san-tificarla; pero tiene de particular que Ella es la fuente. De tal modo que podemos decir que la concepción de María es como que el primer origen de la Sangre de Jesús. Aquí es donde este hermoso río comienza a extenderse, este río de gracias que corre en nuestras venas por los Sacramentos y que lleva el espíritu de vida a todo el cuerpo de la Iglesia”.11

Por consiguiente, en la concepción de la Santísima Virgen empezó la Historia de nuestra Redención. La solemnidad de hoy es la fiesta de la liberación de quien era esclavo del demonio y se entrega enteramente a Jesucristo, por las manos de la Santísima Virgen. ¡Somos hijos de María Inmaculada! Y si tenemos aprecio por nuestra madre natural, mucho mayor debe ser nuestro amor por la que es Madre de nuestra vida sobrenatural. Llenos de gratitud, pidámosle a Ella que, así como triunfó sobre el pecado, triunfe en nuestra alma, infundiéndole un rayo de su inmaculabilidad. Y que, purificados de todas nuestras miserias, seamos asistidos por su Divino Esposo y nos transformemos en instrumentos eficaces para la promoción de otro triunfo, por Ella prometido en Fátima y tan deseado por nosotros: el triun-fo de su Sapiencial e Inmaculado Corazón. 

 

 

 Mons. Juan Cla Diaz, EP

Fundador de los Heraldos del Evangelio

 

 

 

Fuente: MONS. JUAN SCOGLAMIGLIO CLÁ DIAZ, EP. Lo Inedito de los Evangelio. Tomo VII, pags. 278 a 294. Coedición Internacional EDITRICE VATICANA Y HERALDOS DEL EVANGELIO 

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 1) Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q.25, a.6, ad 3.

2) Cf. PÍO IX. Bula Ineffabilis Deus. In: DOCUMENTOS PONTIFICIOS. Petrópolis:Vozes, 1953, p.3-23; PÍO XII. Munificentíssimus Deus, n.40; JUAN PABLO II. Re-demptoris Mater, n.8; ROSCHINI, OSM, Gabriel. Instruções Marianas. São Paulo: Paulinas, 1960, p.22; La Madre de Dios según la fe y la teología. 2.ed. Madrid: Apos-tolado de la Prensa, 1958, v.I, p.177-178; ROYO MARÍN, OP, Antonio. La Virgen María. Madrid: BAC, 1968, p.57.

3) Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. ¿María sería capaz de restablecer el orden del universo? In: Heraldos del Evangelio. Madrid. N.104 (Mar., 2012); p.10-16; Comentario al Evangelio de la Solemnidad de la Anunciación del Señor, en este mismo volumen; Comentario al Evangelio del IV Domingo de Adviento – Ciclo B, en el volumen III de esta colección.

4) Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I-II, q.77, a.2.
5) Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Dios y su Obra. Madrid: BAC, 1963, p.499-500.

6) PÍO IX, op. cit.

7)Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.10. In: Œuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p.492-493.

8) Cf. BIBLIOTHÈQUE DES ÉCOLES CHRÉTIENNES. Pie IX. Nouvelle Biogra-phie. Tours: Mame et Cie, 1852, p.84-89.
9) Cf. VILLEFRANCHE, Jacques-Melchior. Pío IX. Sua vida, sua história e seu sécu-lo. São Paulo: Panorama, 1948, p.130-133.

10) PIO IX, op. cit.

11) BOSSUET, Jacques-Bénigne. IIe Sermon pour la Fête de la Conception de la Sainte Vierge. In: Œuvres choisies. Versalles: Lebel, 1822, v.X, p.34.

 

 

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