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Comentario al Evangelio - Solemnidad de Corpus Christi

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 Al crear al hombre con la necesidad de alimentarse, Dios quiso que el sustento de la vida natural dependiese de la nutrición. Esta realidad es una imagen de la vida de la gracia, cuya base también es un alimento celestial: la Eucaristía.


I – LA ALIMENTACIÓN ES CONNATURAL AL HOMBRE

La multiplicación de los panes y de los peces -
Iglesia de San Sulpicio, Fouguères (Francia)

La vida en el paraíso le proporcionaba al hombre numerosos gozos y alegrías, pues la armoniosa disposición de todas las cosas lo colmaba de bienestar. Nuestros primeros padres se hallaban rodeados de muchos privilegios que Dios les había concedido con vistas a que la felicidad de la existencia terrena los condujera a amarlo del modo más perfecto. Uno de esos deleites, tal vez poco conside rado, pero valioso, era la facilidad con la que podían disfrutar de los mejores alimentos.

Nos enseña Santo Tomás de Aquino que, siendo la alimentación parte del mandato divino (cf. Gn 2, 16), el hombre pecaría si no comiese. 1 Sin embargo, no era necesario que trabajase para preparar los alimentos, pues la misma naturaleza le ofrecía los más deliciosos manjares ya listos para ser degustados. Una prueba de ello es que Adán, cuando fue expulsado del Edén, escuchó de Dios estas duras palabras: “Comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3, 19). El castigo revela que antes lo recibía sin fatiga, aunque no sepamos exactamente cómo sucedía eso.

Con el pecado original, el hombre perdió ése y muchos otros beneficios, conforme recuerda San Juan Crisóstomo: “Fue como si Dios le dijese: Al crearte, Yo te preparé una existencia libre de dolores, de trabajo, de cansancios e inquietudes. Tú gozaste de una felicidad perfecta y, sin conocer ninguna de las tristes dependencias del cuerpo, gozaste en plenitud de todas las delicias de la vida. Pero tú no supiste apreciar este estado feliz, y he ahí que yo maldigo la tierra. Desde ahora en adelante, si no la trabajas y no la cultivas, ya no te dará, como antes sus diversos frutos; además añadiré a los trabajos y arduas labores, enfermedades y constantes fatigas, de modo que no poseerás nada, sino a costa de tus sudores, y esta existencia tan dura, será una continua lección de humildad y un recuerdo de tu nada”. 2

A pesar de lo severo de la reprensión, Dios actuó con misericordia y unió la clemencia al rigor, al no someter a la humanidad a una mezquina alimentación. Vemos como a lo largo de los siglos el Señor tiene en cuenta dicha necesidad del hombre al unir las bendiciones que concede a un pueblo, un grupo o una familia, a la fácil y copiosa producción de alimentos. Por ejemplo, cuando le prometió a los judíos una tierra en señal de alianza resaltó que de ella manaría “leche y miel” (cf. Ex 3, 8.17; Dt 6, 3; Nm 13, 27).

El alimento, alegría para el hombre

Una comida de buena calidad y abundante proporciona alegría al hombre. Esto lo podemos constatar cuando tenemos la posibilidad, verbigracia, de ir a un buen restaurante y probar algún plato especialmente sabroso: salimos de allí satisfechos y hasta generosos. En este sentido, no deja de ser significativa la actitud adoptada por San Ignacio de Loyola, que con agrado acostumbraba a invitar al joven Benedetto Palmio para que participase en sus comidas por el gusto de verlo comer, estimulándolo a que lo hiciese a voluntad y sin ruborizarse de ello. 3 Además, en cualquier cultura, cuando alguien desea celebrar un acontecimiento social importante, como una graduación o una boda, suele ofrecer un banquete, es decir, convida a familiares y amigos para festejarlo alrededor de una buena mesa. No cabe duda de que la indispensable función del alimento es la de sustentar la vida y la salud, pero ése no es su papel más noble, ya que tiene la utilidad social de favorecer la convivencia de los que participan de la misma comida; posibilita un particular entendimiento entre las personas.

El príncipe de Talleyrand, gran diplomático francés, cuando tenía que tratar temas importantes con representantes de otras naciones le pedía al rey que le cediese su cocinero personal y se abastecía de las mejores especialidades de la gastronomía nacional, como vinos, champanes y quesos. Y así, durante la fiesta, en torno a una mesa repleta de manjares, resolvía los asuntos más complicados de la alta diplomacia. Con una graciosa afirmación que le hizo a Luis XVIII, antes del crucial Congreso de Viena, dejaba consignada su convicción acerca de la eficacia de ese método: “Sire, necesito cacerolas más que instrucciones escritas”. 4 La buena mesa es un medio para facilitar la convivencia y suavizar los ánimos, cosa que no siempre se obtiene con meras palabras.

Por lo tanto, la Santa Iglesia ha elegido muy acertadamente para la Solemnidad del Corpus Christi la narración evangélica en donde el propio Creador del cielo y de la tierra les ofrece a aquellos que lo seguían una comida incomparable. Un anuncio anticipado del banquete espiritual de su cuerpo y sangre, en el cual Él es el divino Anfitrión y al mismo tiempo el Alimento. ¿Puede haber alrededor de una mesa convivencia más íntima y sublime?

II - UN PORTENTOSO MILAGRO PREPARA LA EUCARISTÍA

El milagro de la multiplicación de los panes es el único cuyo relato figura en los cuatro Evangelios, un detalle bastante significativo que indica su importancia. El hecho se sitúa en el período esplendoroso de la vida pública de Jesús y en gran medida contribuyó a consagrar en Israel su fama de profeta y taumaturgo. En esa ocasión se encontraba en la zona de Betsaida Julia, al nordeste del lago de Tiberíades, a donde había llegado acompañado solamente por los Apóstoles.

Procesión de Corpus Christi en la catedral de Sevilla,
por Jenaro Pérez Villaamil Colección de la Fundación
Banco Santander, Madrid

Hacía poco tiempo que había muerto Juan el Bautista, cuyo asesinato fue promovido por Herodes, quien ahora dirigía sus curiosos pensamientos hacia el divino Redentor, personaje infinitamente mayor que el Precursor. Por eso el gobernante estaba al acecho de una oportunidad para aproximarse a Jesús, motivado, según todo indica, por insensatas o perversas intenciones. Pero la sabiduría de Aquel que sondea entrañas y corazones, no ignoraba la astucia de ese hombre y “con ese rápido alejamiento parece haber querido evitar la cercanía del tetrarca”, 5 dice Fillion. Sin embargo, si el pretencioso Herodes perdió la ocasión deseada, no pasó lo mismo con el pueblo, que tan pronto como se enteró del paradero de la barca del Maestro se puso en camino, por tierra, para encontrarse con Él.

La recompensa de los que buscan el Reino de Dios

En aquel tiempo, 11b Jesús los acogía, les hablaba del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación.

¿Cuál fue la razón que movió a la gente a seguir al Señor? Como narran los evangelistas, no había ni un solo enfermo que al acercarse a Él con fe, pidiéndole su curación, quedase desatendido. Eso impresionaba a la opinión pública, puesto que en aquel tiempo la medicina aún no había alcanzado grandes progresos, lo que contribuía a que los milagros fuesen más impactantes. Jesús suplía la ineficacia de la ciencia con una mirada, con una imposición de manos, con un deseo o simplemente con un toque y a todos curaba al instante. Aquellas personas estaban deslumbradas con los signos divinos que traslucían en la humanidad de Cristo y percibían que sus enseñanzas merecían todo crédito y acatamiento, y lo seguían.

12El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”.

El Señor había dicho: “Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). La multitud, de acuerdo con el divino consejo, acompañaba a Jesús en esa circunstancia convencida de que era un profeta extraordinario. Es cierto que deseaban las curaciones, pero también buscaban la verdad y la doctrina, querían conocer más a Dios y las realidades eternas.

Los Apóstoles, sin embargo, estaban preocupados con las necesidades materiales. No se daban cuenta de que si el Maestro sanaba de aquella manera podía realizar igualmente otros milagros y quizá temían ser enviados a conseguir alimentos para tan grande muchedumbre. Por este motivo enseguida le proponen al Señor que despida al pueblo, en un intento sutil de escapar de esa responsabilidad. Ahora bien, Él podía perfectamente saciar el hambre de todos, pues quien cura a un cojo, a un ciego o a un sordomudo es capaz de remediar también otra enfermedad mucho más leve llamada hambre. No obstante, como lo que tenía en mente era formar a los Apóstoles, les dio una respuesta sorprendente.

El Señor pone a prueba a los Apóstoles

 13 Él les contestó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente”. 14a Porque eran unos cinco mil hombres.

Entonces, para ponerlos a prueba, el Salvador les ordenó a los Apóstoles que diesen de comer a la multitud, pues bien sabía Él lo que iba a hacer (cf. Jn 6, 6). Pero ellos comentaban desconfiados que, como había dicho Felipe (cf. Jn 6, 7),aunque tuviesen doscientas monedas de plata para comprar pan no bastaría para que a cada uno de los que allí estaban les tocara un pedazo: cinco mil hombres; aparte de las mujeres y los niños, lo que significaba un número mucho mayor. Y aunque tuviesen dinero, ¿dónde iban a encontrar tal cantidad de pan a la venta siendo tan tarde? Incluso Andrés resalta la si- tuación diciendo que el único vendedor de alimentos en medio de aquella muchedumbre era un muchacho que tenía cinco panes y dos peces (cf. Jn 6, 8-9). “Creía —comenta San Juan Crisóstomo— que el autor de los milagros, con poco haría poco, y con más haría más; lo que con toda claridad, no era así”. 6 Al ser Dios, Jesús tenía dominio absoluto sobre la materia y podía sacar criaturas de la nada, sin necesidad de los cinco panes y de los dos peces, ya que su propia voluntad era suficiente para producir el alimento que saciase a la multitud. “En efecto, se le facilitaba hacer surgir, indistintamente de muchos o de pocos, una gran cantidad de panes, ya que no necesitaba una materia prima”. 7 Sin embargo, les pidió a los Apóstoles lo que tenían a su alcance, aunque tan sólo fuesen esos parcos víveres.

Aprendamos, con el ejemplo que este pasaje nos ofrece, a no negar hasta lo poco que tenemos cuando lo pide Jesús, recordando que ese poco puede servir de pretexto para que Él realice grandes maravillas.

14 Entonces dijo a sus discípulos: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”. 15 Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos.

Con esa sencilla recomendación, el divino Maestro manifiesta su perfecto sentido del orden. Para evitar agitación o nerviosismo, y para que la distribución se hiciese con tranquilidad e incluso de modo ceremonioso, dispone que las personas se sienten en grupos. Además, según observa también San Juan Crisóstomo, actuó de esa manera “para mostrar que antes de comer, se debe agradecer a Dios”. 8

Un milagro que es imagen de la Eucaristía

16 Entonces, tomando Él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos,los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. 17a Comieron todos y se saciaron,...

Resulta difícil no relacionar los gestos de Jesús en esta escena con los que adoptaría más adelante al instituir el sacramento de la Eucaristía. Así, iba preparando a las multitudes para el gran misterio que sería revelado tiempo después. La magnitud del milagro queda resaltada por las palabras: “Comieron todos y se saciaron” o, como escribe San Juan, “todo lo que quisieron” (6, 11). Podemos suponer que cada uno de los presentes también recibió, además de lo suficiente para saciar el hambre del momento, una cantidad mayor para llevar a sus hogares. Tan inmenso beneficio brotaba, según San Gregorio de Nisa, “de los graneros inagotables del divino poder”. 9

17...y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

Una vez más el texto evangélico deja traslucir el aprecio del Señor por el orden e incluso por la limpieza, y lo mucho que ama la disciplina, al no permitir que quedara nada en el suelo. Recogieron los trozos que sobraron y llenaron doce cestos. Jesús quiso que el número coincidiese con el de los Apóstoles, para que cada uno de ellos cargase con una espuerta y comprobasen la dimensión del milagro del que antes habían desconfiado. “Eso ocurrió con vistas a la instrucción de los discípulos. [...] Fue por el mismo motivo queel número de canastas coincidió exactamente con el de los discípulos. [...] No me admira apenas la gran cantidad de panes, sino también, y al igual que eso, la exactitud de las sobras, de manera que no permitió que sobrasen ni más ni menos, sino justamente lo que quería”. 10

Celebración Eucarística en la basílica de Nuestra
Señora del Rosario, 24/2/2016

Queda patente el poder de Nuestro Señor Jesucristo sobre la materia en general, sobre el alimento y, en concreto, sobre el pan, por el modo de multiplicarlo de acuerdo a sus designios, no permitiendo ni siquiera que los restos se desperdiciaran. Más tarde, al instituir la Eucaristía tampoco quiere que los fragmentos del pan consagrado sean tratados sin veneración, como pretenden ciertos incrédulos que defienden que la presencia real en las especies eucarísticas sólo se mantiene durante el acto litúrgico. Igualmente es digno de nota que Él, por un principio simbólico, no permitió que se desechara nada para enseñarnos que no se debe perder a nadie.

Aunque un alma esté siguiendo las vías del pecado, es necesario emplear todos los esfuerzos para recuperarla, pues no es otro el deseo divino: “No he perdido a ninguno de los que me diste” (Jn 18, 9). Quiso que el milagro se realizase con todas esas características para facilitar la comprensión del gran don que en breve les ofrecería: la Sagrada Eucaristía. Al demostrar todo el poder que poseía sobre el pan, quedaba claro que si lo desease, podría retirarle la sustancia original para dar lugar a su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, 11 aunque permaneciesen los mismos accidentes —sabor, apariencia, textura, olor. De esa forma, Jesús creaba las condiciones para que la gente con fe correspondiese al don inigualable que había preparado desde toda la eternidad.

III - EL INMENSO DON DE LA EUCARISTÍA

A partir de este episodio que aquí contemplamos según la pluma de San Lucas, San Juan a su vez, en su Evangelio, demuestra en la secuencia de su narración que con este milagro el Señor tenía la intención de revelar formalmente la Eucaristía. El mila-gro de la multiplicación de los panes es sólo una introducción —pálida, pero qué cuidadosa— escogida por el Redentor para subrayar el tema eucarístico y desarrollarlo con una claridad extraordinaria en el discurso sobre el pan de vida (cf. Jn 6, 22-59). He aquí la razón por la que la Iglesia lo recuerda al conmemorar la Solemnidad del Corpus Christi.

El significado profundo del milagro consiste en el hecho de que Dios creó al hombre con una necesidad digestiva —como mencionamos al principio— porque iría a ofrecerse Él mismo como alimento. Podría habernos creado haciendo que nuestra subsistencia dependiera solamente del aire, por ejemplo; sin embargo, quiso que tuviésemos la necesidad de comer, para que quedara patente que, así como en la alimentación se encuentra la base de la vida natural, la esencia de la vida de la gracia está en la Eucaristía. 12

Un banquete para el alma

La Eucaristía es un banquete sagrado —“o sacrum convivium”, 13 dice la bella antífona compuesta por Santo Tomás para el Oficio Divino de esta solemnidad—, en el cual tene-mos una convivencia especial con Nuestro Señor Jesucristo; un banquete divino, porque es ofrecido por Dios, realizado con Dios, relativo a Dios. Incomparablemente más que un champán de excelente calidad, que un caviar ruso o que cualquier manjar que se pueda imaginar, en la mesa de la Eucaristía es ofrecido el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad del Salvador. Es el propio Dios dándose a nosotros como alimento de valor infinito, cuyo efecto no es abarcable por los cortos límites de nuestra inteligencia. Es el mysterium fidei. Si Santo Tomás afirma que la mínima participación en la vida de la gracia supera a todo el universo creado, 14¿qué decir del valor del propio Creador de la gracia? La Eucaristía es, por consiguiente, el más importante de todos los sacramentos en cuanto a la sustancia, pues consiste en el propio Dios y Autor de la gracia, mientras que los demás sólo transmiten la gracia, la participación creada en la vida divina increada. 15 Por eso, enseña el Doctor Angélico, todos los otros sacramentos existen en función de la Eucaristía, aunque ésta no sea la puerta de los demás, como lo es el Bautismo. 16 En compara-ción con el Santísimo Sacramento, ¡manifestación del extraordinario amor de Dios para con nosotros!, todas las riquezas de la tierra son menos que un grano de arena.

Los efectos del más excelso sacramento

Ahora bien, ¿cuál es la unión con el Señor que tan elevado don realiza? Dice el Evangelio: “Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57). Siempre que estamos en gracia de Dios, Él permanece en nosotros y nosotros permanecemos en Él, pues por su divinidad es el único ser que puede inhabitar en nosotros. Esa unión se intensifica en el momento de la comunión, cuando, además de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, se suma la presencia del Cuerpo glorioso, Sangre y Alma de Nuestro Señor Jesucristo: “mens impletur gratia”, 17 y el alma queda colmada de gracia. “No hay sacramento más saludable que éste para purificar los pecados, dar nuevas fuerzas y enriquecer el espíritu con la abundancia de todos los dones espirituales”, 18 afirma el Doctor Angélico. 

Es un verdadero manantial de todas las gracias, por lo que, realmente, ¡una sola comunión sería suficiente para transformarnos en santos! Esta unión es tan elevada que cuesta encontrar un ejemplo en la naturaleza que se aproxime a esta realidad sobrenatural. Una esponja seca se embebe inmediatamente al ser lanzada en el agua, pero la unión con Cristo en la Eucaristía es mucho mayor, pues en la esponja el agua ocupa espacios vacíos, en la Eucaristía, en cambio, Él nos “embebe” por completo. 

Acción de gracias después de la comunión en la
basílica de Nuestra Señora del Rosario, 23/2/2016

Para utilizar otra imagen, es como si nos sacasen toda la sangre por una de las venas y por otra fuese introducida la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A fin de expresar tan sublime realidad, San Cirilo de Alejandría propone la metáfora de la cera: “Así como la cera derretida añadida a otra cera se mezcla perfectamente constituyéndose en una sola, así también aquel que recibe el cuerpo y la sangre del Señor queda unido a Él tan estrechamente, que Cristo está en él y él en Cristo”. 19 Es una unión tan fuerte que bien podríamos llamarla de “mutua compenetración”, que dura mientras las especies eucarísticas permanecen en nosotros. 

No sin razón, en la misma antífona, Santo Tomás continúa diciendo con agudeza que la Eucaristía es “prenda de nuestra salvación y entrada a la vida eterna”. 20 De hecho, para llegar allí hay una serie de condiciones, entre las cuales está la de comulgar. Mientras estamos en la tierra, vivimos fuera de la verdadera Patria: el Cielo. Dios nos hace pasar por las penas de este valle de lágrimas porque nos dará tanta gloria, que si no hubiésemos probado el dolor, creería-mos merecer el premio que nos ofrece, el cual, en realidad, está muy por encima de nosotros.

IV - ¡HAGAMOS CRECER ESA SEMILLA!

Cuando analizamos una semilla, sabemos que de ella puede brotar un árbol enorme. Y la gracia es una semilla de la gloria. Si en esta vida somos fieles a las gracias que recibimos para mantenernos con integridad dentro de la práctica de la virtud y obedientes a la Ley de Dios, protegeremos nuestra semilla y la haremos germinar. Basta colocarla en la tierra y cuidarla con esmero, que ella se desarrollará. Por el contrario, pequeños actos de envidia, de comparación, una mentira sin importancia o, peor aún, un pecado mortal, le quitan el vigor a ese germen e impiden que de él nazca un árbol, o sea, que brote para la gloria eterna. ¿Cómo debemos actuar para conservar nuestra semilla, de tal forma que no sólo llegue a ser un árbol, sino que se llene de frutos? A través de la comunión frecuente. La comunión es prenda de gloria futura, es como un certificado firmado por Dios de que se nos abrirán las puertas del Cielo. 

Todos los que se alimentan del cuerpo y de la sangre del Señor van a resucitar en el último día y obtendrán la eternidad feliz, pues Él prometió: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). Es Él quien nos va a resucitar. Y así como creemos que Él está en la hostia y en el vino consagrados, que es realmente la segunda Persona de la Santísima Trinidad encarnada, que murió en la cruz para redimirnos y ahora está sentado a la derecha de Dios Padre, también debemos creer con toda certeza en su promesa de que resucitaremos en cuerpo glorioso si seguimos su recomendación.

Sin embargo, comprobamos con pesar, cómo esta dádiva es olvidada y, a veces, hasta despreciada, pues la mayoría de las personas no dan suficiente valor a la Eucaristía y descuidan la recepción de la comunión, aparte de dejar a Jesús Hostia abandonado en el sagrario. Si supiésemos, por ejemplo, que tomando todos los días un elixir misterioso nos transformaríamos en la persona más rica, más bella o más inteligente del mundo, estaríamos dispuestos a cualquier sacrificio para obtener tal bebida. Ahora bien, con la Eucaristía no se trata de hacernos ricos, bellos o inteligentes, sino de recibir la mayor riqueza, belleza o inteligencia que pueda haber: la eterna bienaventuranza. 

El Señor nos advierte acerca del valor de este don en la parábola del banquete (cf. Mt 22, 2-14), en la cual un rey invita a sus súbditos a participar de una gran fiesta. Dios llama a todos los hombres al banquete eterno, y éste comienza aquí en la tierra, con la Eucaristía. Siempre que queramos, podemos comulgar. El Santísimo Sacramento permanece a nuestra disposición en innumerables iglesias y, aun así, muchos actúan como los siervos malos de la parábola, que prefirieron tratar sobre sus negocios y dejaron al rey solo. Si tuviésemos la posibilidad de comulgar una única vez en la vida, podríamos dar por muy bien aprovechada toda nuestra existencia. Y Él se nos ofrece diariamente... ¡Qué insondable misericordia!

Acción de gracias junto con María

Ante tanta sublimidad, ¿cómo debería ser nuestra acción de gracias al comulgar? ¡Debería ser un éxtasis de amor! Hecha con todo cariño y devoción, profunda y seria, llena de piedad, encanto, fuego y entusiasmo, y no un palabrerío vacío, interrumpido por distracciones, ajeno al tesoro que llevamos dentro de nosotros.

¡Con cuánto recogimiento y adoración no habrá comulgado María Santísima! El profesor Plinio Corrêa de Oliveira compuso una hermosa oración dirigida a la Virgen, en la cual inter-preta la súplica de un fiel que desea recibir la Eucaristía con disposiciones semejantes a las de Ella: “Madre mía, cuando Jesús estaba en vuestro claustro, Vos hallabais numerosas cosas que decirle; ved, sin embargo, ¡qué miserias le digo yo en el momento en que lo recibo en la Sagrada Eucaristía! Por eso os pido: hablad por mí, Madre mía, y decidle todo lo que yo querría ser capaz de decir, pero no lo soy. Adoradlo como yo querría adorarlo; dadle la acción de gracia que yo querría darle; presentadle actos de reparación por mis pecados y por los del mundo entero, con un ardor de reparación que, desgraciadamente, yo no tengo”.21

Seamos, a ejemplo de la Virgen, muy cuidadosos en nuestra acción de gracias: conscientes de cuánto tenemos que agradecer a Jesús, alabarlo y adorarlo, sin olvidarnos de pedir perdón por nuestras faltas. Que esta Solemnidad del Corpus Christi sea la ocasión ideal para enfer-vorizar nuestro corazón con un amor más intenso por la Sagrada Eucaristía, pues en este alimento celestial encontraremos las fuerzas para enfrentar las dificultades de la vida, hasta alcanzar la eternidad feliz. Guiados por el insuperable ejemplo de María, tengamos la firme convicción de que Él se complace con la acción de gracias de un pecador que se reviste de los méritos de Ella: “Debemos pedir que la Virgen esté espiritualmente presente en nuestra comunión a fin de que llene, de algún modo, el infinito espacio que nos separa de su divino Hijo, quien nos acogerá satisfecho porque recurrimos a su Madre. Entonces nos dirá: ‘Tú eres un hijo de María, mi Madre, pídeme lo que quieras’ ”. 22

Además de las peticiones individuales que podemos y debemos hacer, imploremos la gracia de realizar con fruto todo lo que esté a nuestro alcance, para la mayor gloria de Dios y exaltación de la Santa Iglesia.


1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 97, a. 3, ad 3.
2 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homiliæ in Genesim. In Cap. III Ge-nes., hom. XVII, n.o 9: MG 53, 146.
3 Cf. GARCÍA-VILLOSLADA, SJ, Ricardo. San Ignacio de Loyola. Nueva Biografía. Madrid: BAC, 1986, p.598.
4 CASTELOT, André. Talleyrand ou le cynisme. París: Perrin, 1980, p. 536.
5 FILLION, Louis-Claude. Nuestro Señor Jesucristo según los Evangelios. Madrid: Edibesa, 2000, p.205.
6 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía XLII, n.o 2. In: Homilías sobre el Evangelio de San Juan (30-60). Madrid: Ciudad Nueva, 2001, v. II, p. 141.
7 Ídem, ibídem.
8 Ídem, pp. 141-142.
9 SAN GREGORIO DE NISA, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Lucam, c. IX, vv.
10-17. 10 SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía XLII, n.o 3. In: Homilías sobre el Evangelio de San Juan (30-60), op. cit., p. 143
11 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 75, a. 4.
12 Cf. Ídem, q. 79, a. 1.
13 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Officium Corporis Christi “Sacerdos”. Vesp. II, antiph. ad Magnificat.
14 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I-II q. 113, a. 9, ad 2.
15 Cf. Ídem, III, q. 65, a. 3.
16 Cf. Ídem, ibídem.
17 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Officium Corporis Christi “Sacerdos”, op. cit.
18 Ídem, noct. 1, lect. 2.
19 SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA. In Ioannis Evangelium. L. IV, c. 2: MG 73, 365.
20 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Officium Corporis Christi “Sacerdos”. Vesp. II, antiph. ad Magnificat.
21 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 24/3/1984.
22 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Mane nobiscum Domine. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año XIII. N.o 143 (Febrero, 2010); p. 17.

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