- EVANGELIO -

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: “Se- ñor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas. Sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10, 38-42).


Comentario al Evangelio – domingo XVI del Tiempo Ordinario - El amor imperfecto de María y la preocupación naturalista de Marta

Por Mon. Juan Clá Diaz, EP - Fundador de los Heraldos del Evangelio

Este Evangelio contiene una lección no sólo para las almas “Marta”, sino también para las almas “María”. A las primeras Jesús les enseña que sólo es necesario una cosa: el amor; y a las segundas, que no pueden despreciar la parte menos elevada.


I – Dios nos creó para la eternidad

Por causa de nuestra naturaleza humana, somos más propensos a prestar atención a las cosas materiales, accesibles a los sentidos, que a las espirituales.

Ahora bien, Dios nos ha creado para la eternidad y para que alcancemos la bienaventuranza eterna, nuestras acciones exteriores no importan tanto como nuestros méritos, virtudes y correspondencia a los dones, recibidos de Dios. Se trata, por tanto, de vencer la tendencia instintiva hacia lo inferior y buscar siempre lo trascendente.

¿Comportaría esto despreciar todo lo que es palpable y entregarnos exclusivamente al estudio y a la oración? ¿Tendríamos que dejar a un lado cualquier tipo de actividad material, incluso las más nobles y necesarias, a fin de no perder nunca el contacto con lo sobrenatural?

Esta problemática es el núcleo del Evangelio de hoy. San Lucas presenta en pocas líneas, con inspirada pluma, las figuras de Marta y de María, símbolos de la vida activa y de la vida contemplativa.

II – Marta y María

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.

Los hermanos Lázaro, Marta y María pertenecían a una de las mejores familias de Palestina y eran dueños de innumerables bienes, entre los cuales estaba la confortable heredad de Betania, a unos tres kilómetros de Jerusalén.1

El episodio relatado en el Evangelio de hoy corresponde a una de las estancias de Jesús en dicha aldea. Se dirigía a Jerusalén desde Jericó y aprovechó la ocasión para hacer una visita a aquella familia a quien le unía una estrecha amistad. La morada que tenían en Betania era un lugar apacible y retirado, favorable al reposo de Nuestro Señor, como resalta el exégeta jesuita Truyols: “En el ambiente de paz y de santo gozo que se respiraba en la casita de Marta y María y de su hermano Lázaro, en el seno de una íntima e ingenua confianza, encontraba Jesús algún descanso de las continuas hostilidades, asechanzas, malevolencias de sus enemigos”. 2

Es fácil imaginar la felicidad de esa familia al recibir al Divino Huésped, dispensándole las mejores atenciones.

A María sólo le interesaba el Divino Maestro

Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Cuando Jesús llegó a Betania, después de los calurosos saludos y las habituales abluciones, debió recostarse en una especie de diván, como era usual; o tal vez, como piensa Truyols, tomó asiento bajo el parral, en el jardín de casa, mientras se preparaba la comida.

María acudió en seguida a los pies del Señor para recibir con admiración las divinas enseñanzas.

Ahí estaba el Hombre a cuya palabra obedecían las tempestades; que amenazaba a los vientos, y los amainaba; miraba los mares borrascosos, y los apaciguaba; daba órdenes a la lepra, y ésta desaparecía; tocaba los oídos de un sordo y éste quedaba curado…

María, transportada ante el Divino Maestro, no se interesaba por nada más. Dejando de lado cualquier otra preocupación —incluso las relacionadas con la atención del Señor— se queda junto a Jesús, con los ojos fijos en Él.

Cabe notar, como bien observa Maldonado, que Cristo “apenas entra en la casa empieza su tarea de enseñar las cosas divinas, queriendo alimentar primero con este manjar espiritual a las que le iban a proporcionar el alimento corporal”. 3 San Cirilo extrae una hermosa lección de esta actitud: con su ejemplo, Jesús “enseña a sus discípulos como deben portarse en las casas de aquellos que los reciben; para que cuando vayan a alguna casa no estén allí ociosos, sino dando santas y divinas enseñanzas a quienes los reciben”. 4

Marta se esmera en dar digna recepción al Maestro

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa […]

Le correspondía a Marta hacer los honores de la casa, por ser la hermana mayor. De muy buena educación, quería darle al divino Maestro una óptima acogida; por eso no dejaba a los empleados la tarea de atenderle. Además, según las buenas maneras vigentes en aquella época, una visita de gran porte debía ser atendida por los propios anfitriones.

San Agustín afirma que Marta “demuestra una generosa hospitalidad al recibir a Jesús en su casa; ésta es una gran obra, pues está preparando la comida al Santo de los Santos y a sus santos”. 5

Nuestro Señor viajaba en compañía de los Apóstoles y los discípulos, y pudo haber llegado de improviso. No había tiempo que perder para ofrecerle una digna recepción, motivo por el cual Marta “estaba ocupada con los quehaceres de la casa” y sentía la falta de otros brazos con los cuales dividir la carga.

María, mientras tanto, colmada de alegría por la presencia del Divino Maestro, se olvidó por completo de sus obligaciones como anfitriona, dejando todo el servicio por cuenta de su hermana.

La recepción debe comenzar en la propia alma

…dijo a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude”.

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Cuando Nuestro Señor se dirige a
María Magdalena después de la
Resurrección, no repite su nombre.
Sólo le dice: “María”, y ella exclama
de inmediato: “Rabboni” 
(Jn 20, 16).

No estaría de acuerdo con la buena educación que Marta reprendiera a su hermana frente a una visita, sobre todo tratándose de Nuestro Señor. Por eso se dirige a Él con noble delicadeza femenina mediante una pregunta, para suplicarle su intervención. El pedido, del todo razonable en tales circunstancias, es formulado de manera muy elegante y sutil, pues reconoce la autoridad del Divino Maestro y deja en sus divinas manos la última palabra.

No obstante, y probablemente de manera inconsciente, Marta otorgaba a los cuidados de índole práctica más importancia que al propio Huésped, dado que sus quejas en relación a María recaían indirectamente en el propio Jesús “que, al conversar con ella, parecía aprobar su proceder”, como subraya el reconocido Fillion. 6

Quizá sin notarlo, Marta faltaba al Primer Mandamiento de la Ley de Dios. Y Nuestro Señor se lo advertirá con mucha suavidad.

La hermana mayor, observa San Agustín, “servía bien al Señor en cuanto a la necesidad del cuerpo […]; pero el que estaba en carne mortal, en el principio era el Verbo”. 7

Ahora bien, cuando recibimos a alguien superior a nosotros, nuestra mayor preocupación no debe estar en las cosas prácticas, sino en aprovechar bien su presencia en nuestra morada.

Siendo aquel huésped la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la buena acogida ha de comenzar en la propia alma, reconociendo quien es Él. El deseo de ofrecerle una buena comida será después el corolario.

En esta ocasión, acentúa San Agustín, “María estaba pendiente de la dulzura de la palabra del Señor. Marta pensaba en cómo alimentarle, María en cómo ser alimentada por Él. Marta preparaba un banquete para el Señor, María disfrutaba ya del banquete del mismo Señor”. 8

Y San Bernardo comenta, con mucha propiedad: “Una y otra recibieron al Verbo: María en el espíritu, Marta en la carne”. 9

Amoroso reproche de Jesús

Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta”…

Nuestro Señor veía perfectamente la situación de Marta, pero no había dicho nada. Sin embargo, cuando ella trata de quitar a María de su lado, Él la reprende diciendo: “Marta, Marta”.

¿Cómo habrá pronunciado Jesús esas palabras? ¿Cuál sería la inflexión de su voz? Debió ser solemne, majestuosa, pero llena de afecto.

Y al mismo tiempo, por cierto, tocó su alma con una gracia para que ella comprendiera a fondo el significado de la divina respuesta.

Es curioso notar que cuando Nuestro Señor se dirige a María Magdalena después de la Resurrección, Él no repite su nombre. Sólo le dice: “María”, y ella exclama de inmediato: “Rabboni” (Jn 20, 16). Le bastó oír su nombre una sola vez para entrar en entera sintonía con el Maestro. Pero en Betania, el Señor experimentó la necesidad de repetir: “Marta, Marta”.

En la Sagrada Escritura no hay nada superfluo, e incluso pequeños detalles como éste descubren un universo de doctrina.

¿Por qué decirle a una “Marta, Marta” y a la otra únicamente “María”? Los episodios protagonizados por ambas hermanas reflejan dos actitudes de espíritu casi contrapuestas. En el primero, Nuestro Señor debe repetir el nombre de Marta como “signo de afecto y admonición sobre un punto grave”,10 porque las personas sumidas en asuntos prácticos tienen generalmente la tendencia de no oír. Inmersas en una especie de sueño interior, por así decir, no basta con llamarlas una sola vez. Y Jesús debió haber repetido el nombre de Marta con diferentes inflexiones de voz, como una música, llegando a lo más profundo de su alma.

¿Servía a Jesús solamente, o también a sí misma?

“…te inquietas y te agitas por muchas cosas.”

Empeñada en dar la atención más solícita a Nuestro Señor, tal vez Marta trataba de mantener asimismo el gran prestigio de la casa. Por eso se turbaba, absorbida por preocupaciones que no se condecían totalmente con el amor a Dios: estaba en juego el nombre de la familia.

Y cuando Dios no está en el centro de nuestras consideraciones, la agitación cunde con facilidad. No olvidemos que el valor sobrenatural de cualquier acto depende de la intención con que sea practicado. Para el caso presente, ¿cuál era el objetivo de Marta? En la medida en que trataba de no dañar su propia fama, Marta se colocaba al servicio, no de Nuestro Señor, sino de sí misma. Se preocupaba con los bienes terrenales, no con los de la eternidad.

Servía, así, más con las manos que con el corazón.

Esta psicología pragmática y naturalista de Marta es mucho más frecuente de lo que se piensa. Ella quería agasajar a Nuestro Señor, pero su atención estaba dividida, volcada en parte hacia las cosas del mundo. Tal vez quería además atraer la atención sobre sí misma, esperando un elogio a su diligencia.

“Sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

“María eligió la mejor parte”, afirma Jesús, amonestando a Marta. Por suma delicadeza no formuló la consecuencia, que sin embargo es incuestionable: le cupo a ella la parte menos elevada…

III – Almas “Marta” y almas “María”

Detengámonos en la importante cuestión que aquí se presenta y tantas veces se malinterpreta.

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La Virgen y San José trabajaban con sumo
esmero, pero a su vez dirigían su atención
continuamente hacia Jesús.

La respuesta del Divino Maestro, ¿permite inferir una condena al cuidado de las cosas concretas, las cuales no pasarán a la eternidad y no merecen por ello nuestra atención? En tal caso, ¿deberían dedicarse todos exclusivamente a la contemplación de las verdades eternas?

No es esa la lección por aprender de este trecho del Evangelio, ya que como observa Santa Teresa de Jesús de modo pintoresco y lleno de sensatez: “Si se estuviera como la Magdalena, embebidas, no hubiera quien diera de comer a este divino Huésped”. 11

Cristo no le dice a Marta que abandone aquellas indispensables ocupaciones, algo que San Agustín deja en evidencia con su característica vivacidad: “¿Hemos de pensar que vituperó la actividad de Marta, ocupada en el ejercicio de la hospitalidad, ella que recibió en su casa al mismo Señor? ¿Cómo podía ser vituperada con justicia quien se gozaba de albergar a tan notable huésped? Si así fuera, cesen los hombres de socorrer a los necesitados, elijan para sí la mejor parte, que no les será quitada. Dedíquense a la palabra divina, anhelen ardientemente la dulzura de la doctrina, conságrense a la ciencia salvadora; despreocúpense de si hay un peregrino en la aldea, de si alguien necesita pan o vestido; desentiéndase de visitar a los enfermos, de redimir al cautivo, de enterrar a los muertos; descansen de las obras de misericordia y aplíquense a la única ciencia. Si ésa es la mejor parte, ¿por qué no nos dedicamos a ella todos, dado que tenemos al Señor por defensor al respecto?”. 12

La respuesta dada por Jesús fue muy sutil y, como apunta el Cardenal Gomá, “encierra todo un programa de vida y que es la concreción del sumo equilibrio del Cristianismo en el orden del obrar”.13 El Divino Maestro dejó una lección para la humanidad entera en las personas de Marta y María.

Contemplación operativa y acción contemplativa

La contemplación y la acción no constituyen realidades excluyentes. Santo Tomás enseña que la primera es, sin duda alguna, más excelente y meritoria que la segunda.14 No obstante, añade, la acción que procede de la plenitud de la contemplación es preferible a la mera contemplación. 15 Fillion se hace eco de esta enseñanza del Doctor Angélico: “Aunque la parte de María tiene algo de más celestial, lo mejor, en las situaciones ordinarias, es unir la condición de Marta con la de María”. 16

Así pues, la perfección está en la amalgama entre contemplación y acción. La Sagrada Familia nos brinda un supremo ejemplo. La Santísima Virgen atendía la casa de Nazaret con esmero sin igual, mientras San José era, con toda seguridad, el más concienzudo de los carpinteros.

Cada cual cumplía sus quehaceres, pero dirigían continuamente su atención hacia Jesús y a los aspectos más altos de la realidad.

Tanto, que San Luis Grignion de Montfort afirma que María daba más gloria a Dios con una puntada de aguja que San Lorenzo sufriendo en la parrilla los terribles dolores de su martirio.17

Por tanto, también podemos dar mucha gloria a Dios en los actos concretos de la vida diaria, si los realizamos con las miras puestas en lo celestial, no únicamente en lo terrenal. Así lo hizo Cristo durante su vida pública: ocupadísima, intensísima, pero siempre impregnada de oración y contemplación.

La preocupación naturalista de Marta

¿Qué actitud ha debido tomar Marta en este episodio? Como vimos, era el ama de casa y le cabía tomar las medidas para una buena atención a Nuestro Señor. Comenzó bien cuando quiso servirlo y agasajarlo. Pero sin darse cuenta — como suele pasar— esta loable aspiración fue siendo sustituida por una preocupación naturalista, junto al deseo de lucirse frente al Señor y a los demás.

Si realizara aquellas tareas colocando su principal atención en Jesús, también le cabría la mejor parte; los frutos de su trabajo tendrían una hermosura y una sustancia muy diferentes.

Por ende, no era menester que abandonara sus ocupaciones para tomar asiento junto a su hermana a los pies de Jesús, sino, como acertadamente subraya Fillion, tener en vista que “lo único necesario era anteponer las cosas interiores a las exteriores, darse a Cristo sin restricciones, adorándolo, amándolo y no viviendo sino para Él”. 18

El amor imperfecto de María

El Divino Maestro dijo que María eligió la mejor parte, pero no que actuó movida por el amor perfecto.

Nuestro Señor es celoso de la obediencia debida a las autoridades intermediarias, y por lo mismo, María debió someterse a las determinaciones de su hermana mayor, cumpliendo las obligaciones que le correspondían sin perder la elevación, conservando el corazón por completo en el Señor. “No pienses —advierte el Doctor Seráfico— que tu amor a la quietud te autoriza a eximirte, incluso en las cosas mínimas, del ejercicio de la santa obediencia o de las reglas establecidas por los ancianos”. 19

Por tanto, puede asegurarse que María no actuó de manera eximia, en la medida en que menospreció la parte menos perfecta, eludiendo los encargos necesarios para la buena atención de Jesús.

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Hoy somos mucho más afortunados que Marta porque
recibimos a Jesús, no en nuestra casa, sino en nuestro
corazón, mediante la Eucaristía.

La lección fue para las dos

Hay en este Evangelio una lección no sólo para las almas “Marta” sino también para las almas “María”. Jesús les enseña a las primeras que una sola cosa es necesaria: el amor a Dios, porque sólo la caridad cruza el umbral de la eternidad, y todo el resto es secundario.

No debemos dedicarnos al diario quehacer sin tener primero el corazón dirigido a lo más alto, sabiendo que en todo dependemos de la gracia divina. Y a las segundas les muestra que no pueden despreciar la parte menos perfecta, ignorando las medidas necesarias para la correcta disposición de la vida. Pues, como acentúa Teofilato al comentar este trecho del Evangelio, “el Señor no vitupera la hospitalidad, sino el cuidado por muchas cosas, esto es, la absorción y el tumulto”. 20

La cuestión es mantener el alma serena en la acción o la contemplación, impregnada siempre de devoción y completamente dirigida a lo sobrenatural.

IV – Ser perfecto en la acción y en la contemplación

Marta, que era virtuosa, sin duda aceptó de buen grado las palabras de Nuestro Señor y comprendió que, en efecto, había errado el camino. ¿Cómo procedió tras el divino reproche?

Ciertamente siguió sirviéndolo, pero ya sin febrilidad. Marta, llena de paz, alegría y consuelo, debió sentirse agradecida por la lección recibida, que la gracia le hizo aceptar por completo.

“Reprende al sabio, y te amará” (Prov 9, 8). Luego de la afectuosa corrección, creció su amor hacia Nuestro Señor.

Debemos imitar a las dos hermanas: hacer todos los actos cotidianos con el amor de María pero, como Marta, cumplir nuestras obligaciones de manera eximia. Porque la vida de los hombres tiene momentos de acción y de contemplación, y a unos y otros les cabe ser “perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

De la contemplación a la acción

En esta tierra, nuestra vida debe estar marcada por la preocupación primordial de cuidar las cosas eternas. Como explica el padre Romano Guardini, la existencia humana se desarrolla en dos planos paralelos: el interior y el exterior.

El más importante, sin embargo, es el interior, ya que a fin de cuentas el exterior procede de él. “Así sucede que —agrega— en la propia vida común de los hombres, lo interior sobrepuja lo exterior. Tiene carácter de ‘único necesario', que debe mostrarse primero con claridad.

Si las raíces de un árbol están enfermas, éste puede crecer un tiempo más pero acaba por morir. Esto es más verdadero todavía en la vida de la fe. En ella existe también un dominio exterior; se habla y se escucha, se trabaja y se lucha, hay obras e instituciones, pero el último sentido de todo esto reside en el interior. El trabajo de Marta es justificado por María”. 21

Respondiendo la invitación que nos hace este trecho del Evangelio, hagamos los esfuerzos necesarios para elevar al Cielo nuestra visión deformada por el espíritu naturalista, porque en el umbral de la eternidad las cosas concretas nos serán retiradas. Nuestra fe se convertirá en visión de Dios cara a cara, nuestra esperanza en posesión definitiva del Sumo Bien, y la caridad alcanzará su plenitud.

Mucho más felices que Marta y María

Hoy somos mucho más afortunados que Marta porque recibimos a Jesús, no en nuestra casa, sino en nuestro corazón. El Señor se nos da mediante la Eucaristía, y en vez de afanarnos en prepararle un banquete, Él nos alimenta con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, ¡situación mucho más feliz y celestial que la de la familia de Betania que tantas veces hospedó a Nuestro Señor!

Así, agradezcámosle a Marta su celo en dar acogida a Cristo, alabemos a María por el ejemplo de amor a Dios, pero sobre todo demos gracias al Señor por lo que hace, a cada momento, por cada uno de nosotros.

***

Felices por servirle, no importa la forma

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Santa Teresa de Jesús

Santa era santa Marta, aunque no dicen era contemplativa. Pues ¿qué más queréis que poder llegar a ser como esta bienaventurada, que mereció tener a Cristo nuestro Señor tantas veces en su casa y darle de comer y servirle y comer a su mesa? Si se estuviera como la Magdalena, embebidas, no hubiera quien diera de comer a este divino Huésped. Pues pensad que es esta congregación la casa de Santa Marta y que ha de haber de todo. Y las que fueren llevadas por la vida activa, no murmuren a las que mucho se embebieren en la contemplación. […]

Acuérdense que es menester quien le guise la comida, y ténganse por dichosas en andar sirviendo con Marta. Miren que la verdadera humildad está mucho en estar muy prontos en contentarse con lo que el Señor quisiere hacer de ellos, y siempre hallarse indignos de llamarse sus siervos.

Pues si contemplar y tener oración mental y vocal y curar enfermos y servir en las cosas de casa y trabajar —sea en lo más bajo—, todo es servir al Huésped que se viene con nosotras a estar y a comer y recrear, ¿qué más se nos da en lo uno que en lo otro?

(SANTA TERESA DE JESÚS. Camino de perfección, Cap. 17, 5-6. In Obras completas. 3ª ed. Burgos: El Monte Carmelo, 1939, p.396-397)

Sacado de caballerosdelavirgen.org.

 

1 FILLION, Louis-Claude – Vida de Nuestro Señor Jesucristo. Vida pública. Madrid: RIALP, s/f, Vol. 2, p. 334.
2 FERNÁNDEZ TRUYOLS, SJ, Andrés – Vida de Nuestro Señor Jesucristo, 2ª ed. Madrid: BAC, 1954, pp. 417-418.
3 MALDONADO, SJ, Juan de – Comentarios a los Cuatro Evangelios – II. Evangelio de San Marcos y San Lucas . Madrid: BAC, 1951, p. 554.
4 SAN CIRILO, apud STO. TOMÁS DE AQUINO – Catena Aurea .
5 SAN AGUSTÍN – Sermo 255, 2, apud ODEN, Thomas C. y JUST Jr., Arthur A. – La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia – Evangelio según San Lucas . Madrid: Ciudad Nueva, 2000, Vol. 3, p. 258.
6 FILLION, op. cit., p. 335.
7 SAN AGUSTÍN – Sermo 104, 3, apud STO. TOMÁS DE AQUINO – Catena Aurea .
8 SAN AGUSTÍN – Comentarios de San Agustín a las lecturas litúrgicas (N.T.) – Valladolid: Estudio Agustiniano, s/f, p. 1073.
9 SAN BERNARDO – Obras completas. Madrid: BAC, 1953, Vol. 1, p. 712.
10 GOMÁ Y TOMÁS, Isidro – El Evangelio explicado. Barcelona: Casulleras, 1930, Vol. 3, p. 134.
11 SANTA TERESA DE JESÚS – Camino de perfección, Cap. 17, 5. In Obras completas , 3ª ed. Burgos: El Monte Carmelo, 1939, pp. 396-397.
12 SAN AGUSTÍN – Sermo 104, 2. in ODEN, JUST y A., op. cit., pp. 1073-1074.
13 GOMÁ Y TOMÁS, op. cit., p. 134.
14 STO. TOMÁS DE AQUINO – Suma Teológica , II-II, q. 182, a. 1 y 2.
15 Ídem, II-II, q. 188, a. 6, r.
16 FILLION, op. cit., p. 336.
17 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT – Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nº 222. Novena Edición. Petrópolis: Vozes, 1978, pp. 214- 215.
18 FILLION, op. cit., p. 335.
19 SAN BUENAVENTURA – Meditaciones de la vida de Cristo. Buenos Aires: Santa Catalina, p. 184.
20 TEOFILATO, apud STO. TOMÁS DE AQUINO – Catena Aurea .
21 GUARDINI, Romano. El Señor. Agir, s/f, p. 196.