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Evangelio Comentado

Comentario al Evangelio - Solemnidad de Pentecostés - Misa del Día - Primera Lectura

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“Y renovarás la faz de la tierra…”

Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles incendiaron el mundo.

La maravillosa escena narrada por San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, es una de las más importantes en la Historia de la Iglesia. Para comprender a fondo su significado, examinemos las circunstancias en las que ocurrió.

¿Estaban los Apóstoles preparados para tan sublime vocación?

¿Cuál era la situación espiritual de los Apóstoles en aquel momento? Se supone que después de tres años de convivencia diaria con Jesús estarían preparados para la misión que les tocaba realizar: afianzar y extender la Santa Iglesia. Sin embargo, no lo estaban. En varios pasajes del Evangelio los encontramos llenos de flaquezas.

Tras asistir a episodios, sermones y milagros impresionantes, no hacían comentarios sobre la grandeza de las palabras o de los gestos del Maestro, sino que discutían a respecto de quien sería el primer ministro del supuesto reino temporal que, creían, Cristo iba a fundar...

Cuando Jesús les decía que estaban a punto de cumplirse las profecías sobre su Pasión, Muerte y Resurrección, no lo entendían (cf. Lc 18, 31-34), porque se ponían a discutir sobre quién sería el más importante entre ellos (cf. Mc 9, 31-35). La madre de Juan y Santiago se acercó un día a Jesús, acompañada por sus dos hijos, para pedirle que les reservase los dos primeros cargos de ese futuro reino (cf. Mt 20, 20-23).

Al finalizar la Sagrada Cena, nada más irse Judas, tuvo lugar un diálogo revelador. Una vez que Pedro dijo que estaba dispuesto a dar su vida por el Maestro —declaración que Jesús no aceptó, profetizándole que lo negaría tres veces—, Tomás puso de manifiesto su ceguera ante los acontecimientos inminentes y Felipe demostró que no era plenamente consciente de la divinidad de Jesús, al pedirle: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14, 8). A lo que Jesús replicó: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que Yo estoy en el Padre, y el Padre en Mí?” (Jn 14, 9-10).

Ésa era la situación en la que se encontraban los que habían sido convocados a ser los pilares de su Iglesia. No lo comprendían. ¿Por qué? Entre todas las explicaciones posibles, tres parecen tener mayor peso.

En primer lugar, el ser humano, debilitado tras el pecado original, no siente apetencia por poner sus miras en verdades superiores. Se deleita con reflexiones meramente prácticas, concretas, atraído por los aspectos mediocres de la vida. Por eso no se da cuenta de lo que es realmente grandioso y a lo cual ha sido llamado. Este problema aparece más acentuado en quien tiene una vocación poco común, como sucedió con los Apóstoles: no percibían que les correspondía realizar la mayor misión de la Historia.

Finalmente, les faltaba un amor ardiente hacia Jesús. Si lo tuviesen, todo lo demás estaría resuelto. De poco sirvió que asimilaran la doctrina, ni siquiera que tuvieran fe y esperanza, pues esas virtudes no valen nada si no van acompañadas de la caridad.

Ni siquiera después de la Resurrección del Señor desaparecieron esas flaquezas. La incredulidad de Santo Tomás es un ejemplo característico. El Señor estuvo con ellos más de cuarenta días, les hizo revelaciones y los adoctrinó. No adelantó mucho. ¿Con qué seguían preocupados? Con la restauración del reino de Israel...

Incluso en el momento de la Ascensión, cuando el Divino Maestro les habla de la venida inminente del Espíritu Santo, reaccionan así: “Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: Señor, ‘¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’” (Hch 1, 6).

La preparación para Pentecostés

A pesar de que se encontraban en ese estado de espíritu, la gracia divina iba trabajando sus almas.

Inmediatamente antes de la Ascensión, Jesús les mandó a sus Apóstoles que no se alejasen de Jerusalén, porque en unos días serían bautizados en el Espíritu Santo. Volvieron, pues, a la Ciudad Santa y subieron al piso superior del Cenáculo: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos”(Hch 1, 14).

Cuenta la Sagrada Escritura que, en determinado momento, San Pedro propuso que se eligiese a alguien para sustituir a Judas: “Repartieron suertes, le tocó a Matías” (Hch 1, 26). En este pasaje nos encontramos con uno de los puntos que es conveniente que retengamos: la posición de San Pedro, que ya claramente actúa como Papa.

Vemos también que los Apóstoles conocían muy bien el valor de la oración. Por medio de ella se preparaban para recibir el Espíritu Santo. Y “perseveraban unánimes”, es decir, estaban de acuerdo y, además, estaban juntos, porque la oración de varios unidos por el amor de Jesucristo y en función de Él tiene esta promesa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

 

Estaban recogidos, un modo excelente de preparación para grandes acontecimientos. El mismo Jesús pasó cuarenta días en el desierto, antes de comenzar su vida pública. Aunque no se puede decir que los Apóstoles eran mejores que antes, habían tomado, así, una actitud sapiencial. La gracia de Pentecostés será,
de algún modo, como el nacimiento de una flor, cuya semilla venía germinando en sus almas. Es decir, a pesar de que esa gracia fue gratuita, una iniciativa de Dios, en cierto modo, ellos le habían allanado el camino.

Por fin llegamos a un punto fundamental: oraban con María. Es la condición indispensable para recibir las gracias del Espíritu Santo. Como Esposa suya, la Virgen María seguramente le pidió que descendiese sobre los Apóstoles. Reuniéndose con la Santísima Virgen, obtuvieron gracias que liberaron sus almas de los últimos obstáculos para poder beneficiarse con Pentecostés.

La venida del Espíritu Santo

Pentecostés era una de las fiestas tradicionales judaicas. En ella se ofrecían a Dios las primeras cosechas del campo. Se trataba de una de las tres grandes fiestas llamadas de la “peregrinación”, porque los israelitas debían peregrinar hasta Jerusalén para adorar a Dios en el Templo. Los judíos de la diáspora, o sea, los residentes en el extranjero, la designaban con la palabra griega pentekosté —quincuagésimo día—, por celebrarse cincuenta días después de la Pascua.

“Estaban todos” presentes en el Cenáculo, dice San Lucas en la primera Lectura de esta Liturgia. Era toda la Iglesia naciente: cerca de 120 personas, entre las cuales los doce Apóstoles, los setenta y dos discípulos y las Santas Mujeres.

Se encontraban absortos en la oración cuando se oyó un ruido estrepitoso y un viento impetuoso. Enseguida, aparecen pequeñas llamas. Según una piadosa y antigua tradición, la primera lengua de fuego —la más rica— se posó sobre la cabeza de la Santísima Virgen, y a partir de Ella se multiplicó a los demás.

¿Porqué esas manifestaciones exteriores? Dios quiso hacer visible la plenitud de lo que estaba entregando, el ímpetu de amor, la grandeza del don que bajaba. El “viento que soplaba fuertemente” puede verse como la llegada del torrente de gracias que estaban siendo derramadas sobre todos los presentes. Eran gracias místicas eficaces y superabundantes que “llenaron” el Cenáculo.

Aparte del fenómeno auditivo, y tal vez sensible, ¿se habría sentido también algún perfume? La idea nos parece plausible.

El fuego, compuesto de luz y calor, era el mejor elemento para simbolizar el ardor proprio de la acción restauradora y entusiástica del Espíritu Santo. Al quedar suspendidas sobre las cabezas de María y de los demás presentes, las llamas se presentaban bajo la forma de lenguas de fuego. En ellas podemos ver simbolizadas las llamaradas que la predicación de aquellos varones suscitaría.

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”. De María la Iglesia exclama: “llena de gracia” (Lc 1, 28), y de hecho lo fue desde el primer instante de su Inmaculada Concepción. En el Cenáculo recibe una plenitud aún mayor. Vemos también en este pasaje cómo los Apóstoles, de acuerdo con sus respectivas misiones,
son colmados con los dones más especiales. Entonces se acordaron, con amor y comprensión, de todo lo que el Maestro les había enseñado, estando listos para recorrer el mundo predicando la Buena Noticia.

La gracia del Espíritu Santo los cambia a todos

Dice la Lectura que en aquellos días Jerusalén estaba llena de judíos y gentiles llegados de todas partes de la tierra. Como el ruido del viento se oyó en toda la ciudad, delante del Cenáculo “acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos
y admirados, diciendo: ‘¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?’”. Y San Lucas continúa: “Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: ‘¿Qué será esto?’. Otros, en cambio, decían en son de burla: ‘Están borrachos’” (Hch 2, 12-13).

Se dice en este fragmento que los Apóstoles —así como los discípulos y las Santas Mujeres— comenzaron a hablar varias lenguas y, más adelante, que cada uno los oía hablar en su propia lengua. No queda claro si hablaban una sola lengua y todos los entendían, o si hablaban varias. Los exegetas no se ponen de
acuerdo al respecto. Una expresión en el versículo anterior, “según el Espíritu les concedía manifestarse”, favorece la segunda hipótesis.

San Pedro alzó la voz y dijo al pueblo: “Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia” (Hch 2, 14-15). Nadie se emborrachaba a las nueve de la mañana —la hora tercia. Estaban ebrios, pero de una embriaguez divina, y proclamaban la doctrina del Divino Maestro, pronunciando palabras de sabiduría, cordura, gloria y reprensión.

“Sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: ‘Y sucederá en los últimos días...’” (Hch 2, 16-17). San Pedro recordó las profecías sobre Cristo. El pueblo las conocía y se impresionó, abriendo sus corazones a la conversión. El Príncipe de los Apóstoles finalizó sus palabras, diciendo: “A este Jesús lo resucitó
Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Pues David no subió al Cielo, y, sin embargo, él mismo dice: Oráculo del Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies’. Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2, 32-36).

San Pedro hace aquí, como Papa, la primera proclamación de un dogma en la Historia: el de la divinidad de Jesús.

“Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás Apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: ‘Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque
la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro’” (Hch 2, 37-39).

¿Se convirtieron la mayoría de los que oyeron a San Pedro? Los Hechos de los Apóstoles no nos aportan elementos para saberlo. Mencionan, como vimos, a los que “decían en son de burla: ‘Están borrachos’”. Así pues, la misma gracia que convertía a muchos, acababa siendo rechazada por otros. Tampoco debieron ser buenas las reacciones de los fariseos al conocer esos prodigios y el comienzo de la glorificación pública de Aquel que habían mandado crucificar.

Fueron bautizadas tres mil personas. En pocas horas, la Iglesia pasó a contar con al menos 3.120 miembros. Era el comienzo del apostolado en “avalancha”, que se multiplicaría cuando los Apóstoles empezaran a hacer milagros. En breve extenderían la evangelización por todo el mundo antiguo, y llegaría un momento en que todo el Imperio Romano sería cristianizado.

Pedir una nueva efusión de gracias

Para iniciar el tercer milenio de la Era Cristiana, el Papa San Juan Pablo II decidió publicar una Carta Apostólica, que fue firmada en la Plaza de San Pedro el 6 de enero de 2001. De ese magnífico documento, destacamos lo siguiente: “He repetido muchas veces en estos años la ‘llamada’ a la Nueva Evangelización.
La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: ‘¡ay de mí si no predicara el Evangelio!’ (I Cor 9, 16)”.1

Aquí está indicado el camino para que en este tercer milenio la Iglesia brille con una luz aún más resplandeciente que en los siglos anteriores: “reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés”.

Fiesta del amor de Dios, Pentecostés nos trae este mensaje: debemos tener por la Santa Iglesia Católica un amor sin límites, que se traduzca en un interés candente por ella, en oraciones, en obras de apostolado. Si nosotros, católicos, fuéramos así, todos los males que afligen al mundo de hoy serán vencidos.

Al igual que los Apóstoles, perseveremos con María Santísima en oración, pidiendo que el Espíritu de Caridad nos infunda aquel amor que les abrasó: Emitte Spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terræ — Envía tu espíritu, Señor, y renovarás la faz de la tierra (cf. Sal 103, 30). ²

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1) JUAN PABLO II. Novo Millennio Ineunte, n.40.

 

 

 Mons. Juan Clá Diaz, EP

Fundador de los Heraldos del Evangelio.

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