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Evangelio Comentado

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (CORPUS CHRISTI)

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Una dádiva insuperable…

El amor de Dios por los hombres, manifestado en la Encarnación, llegó a un auge inimaginable con la institución de la Eucaristía.

¿Y cuál es nuestra respuesta a esa donación tan grande?

I – Dios se da por entero

La Trinidad, que existe desde toda la eternidad, no tenía necesidad de la creación. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo gozan de una felicidad perfecta, infinita. En esto consiste la gloria intrínseca e insuperable de las Tres Personas Divinas. Sin embargo, cuando Dios creó a las criaturas quiso hacerlas partícipes de su propia felicidad que, al asemejarse al Creador, le rendirían gloria extrínseca, cumpliendo así la más alta finalidad de su ser. La creación, pues, fue un acto de donación, de entrega y de generosidad supremas,(1) sublimado después con la Encarnación del Verbo, cuando Dios mismo se sujetó a la pobre naturaleza humana con el fin de redimirnos del pecado de nuestros primeros padres.

El Hombre Dios prolongaría su presencia en la tierra

Pero el inconmensurable amor de Dios por nosotros no se limitó a eso. Para abrirnos las puertas del Cielo, llegó a padecer una dolorosa Pasión, morir en la Cruz y resucitar. Y lo habría hecho, si necesario fuese, para rescatar a un solo hombre. Ahora bien, queda preguntarnos: tras manifestar ese increíble amor hacia nosotros, ¿el Señor simplemente subiría al Cielo y abandonaría la convivencia con los hombres, cuya Redención le había costado tan caro? ¿Cabría imaginar separación tan irremediable después de semejante unión con nosotros?

Sólo a Dios podría ocurrírsele la maravillosa solución a esa perplejidad. A este respecto, comenta hermosamente el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:

“No quiero decir que la Redención y el sacrificio de la Cruz impusieran a Dios, en rigor de lógica, la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero puede decirse que todo clamaba, todo gritaba, todo suplicaba que el Señor no se separase así de los hombres. Y una persona dotada con sentido arquitectónico debería entrever que el Señor conseguiría una manera de estar siempre presente, junto a cada uno de los hombres que había redimido. De forma tal que, después de la Ascensión, Él estuviera siempre en el Cielo, en el trono de gloria que le es debido, pero al mismo tiempo acompañara paso a paso la vía dolorosa de cada hombre aquí en la tierra, hasta el extremo momento en que cada uno dijera a su vez el ‘Consummatum est’ (Jn 19, 30)”.2

Y concluye con esta piadosa confidencia: “Creo que si yo presenciara la Crucifixión y supiera de la Ascensión, sin conocer la Eucaristía, empezaría a buscar a Cristo por la tierra, porque no lograría convencerme de que Él hubiera dejado de vivir con los hombres. Esa convivencia verdaderamente maravillosa de Jesucristo con los hombres se realiza, exactamente, por medio de la Eucaristía”.3

El hecho de que Dios haya obrado la creación a fin de darse a Sí mismo es algo que nos llena de admiración. Pero todavía más admirable es el haber asumido la naturaleza humana para, mediante su Muerte, propiciarnos el infinito don de la vida sobrenatural y abrirnos las puertas del Cielo. Sin embargo, llevar el amor hasta el punto de darse a los hombres como alimento sobrepasa toda capacidad de imaginación. Puede decirse con propiedad que el auge de esta donación se encuentra en el sacramento de la Eucaristía.

Aparente simplicidad de la Santa Cena

Ése es el más excelente y sublime de los Sacramentos, el fin hacia el cual se ordenan todos los demás.4 ¿Cómo fue su institución?

Aparentemente, de una manera muy sencilla. Para los Apóstoles aquella cena era mera rutina: los judíos la celebraban todos los años de acuerdo con el multisecular rito que Dios había indicado detalladamente a Moisés y Aarón, algo que debía perpetuarse de generación en generación (cf. Ex 12, 1-14). La cena recordaba a los judíos la Pascua del Señor, la muerte de los primogénitos de Egipto y la travesía del mar Rojo. Por lo tanto, los discípulos tenían sólo la idea de una simple rememoración religiosa, cuando, de hecho, en el Cenáculo se iba a realizar lo que había sido prefigurado en la Antigua Ley: el sacrificio de animales cedería el lugar al holocausto del Cordero Divino, que en breve sería inmolado en el altar de la Cruz para nuestra salvación. Las víctimas materiales simbolizaban el Cuerpo de Cristo, y Éste sería al mismo tiempo Sacerdote y Víctima en el nuevo sacrificio, eterno y de valor infinito.

Según narran los Evangelistas, después de que Jesús instituyera la Eucaristía y diera la Comunión a los Apóstoles, todos cantaron los Salmos y salieron hacia el Monte de los Olivos (cf. Mc 14, 26; Mt 26, 30). Dichos Salmos constituían el poema de acción de gracias titulado Hallel, propio de la liturgia hebrea para la celebración de la Pascua,5 y especialmente simbólico en aquella circunstancia: mientras unos daban gracias por haber comulgado, el Mesías elevaba sus alabanzas al Padre por la institución de la Eucaristía, la cual representaba la concretización del anhelo expresado al inicio de la Sagrada Cena: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15).

Si hubieran sabido con antelación la grandeza de lo que sería instituido aquel día —no sólo la Eucaristía, sino también el sacer-docio— cabe suponer que los Apóstoles habrían preparado una ce-remonia a la altura de la circunstancia. ¿Pero quién tenía noción de lo que estaba sucediendo en ese momento?

II – María y la Eucaristía

Sólo María Santísima era consciente de la sublimidad de aquella hora, pues es comprensible que el Señor le hubiera revelado lo que iba a ocurrir. ¿Por qué?

Durante nueve meses, en María se obró la transubstanciación

Después de que María recibiera del Arcángel Gabriel la Anunciación, el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y se inició el misterioso proceso de la gestación del Dios encarnado. Podría-mos decir que, durante nueve meses, a cada segundo era como si en Ella se celebrara la Santa Misa.

En efecto, en el instante en que el Alma de Jesús fue creada, hizo Él su primer acto de adoración al Padre, acompañado de un perfectísimo ofrecimiento de Sí mismo como víctima; o sea, realizó una acción sacerdotal como Sumo Sacerdote “santo, inocente, sin man-cha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el Cielo” (Heb 7, 26). Y para este sublime sacrificio no había sobre la faz de la tierra un altar más digno que el claustro virginal de María. Ella vivió durante nueve meses en el más íntimo contacto con Je-sús, en una relación úni-ca dentro del orden de lo creado: habiendo ofreci-do su cuerpo inmacula-do a Dios, Él tomaba los elementos maternos y los transubstanciaba, es-to es, se volvían divinos a partir del momento en que pasaban a integrar el Cuerpo de Jesús.

¡Y pensar que este grandioso misterio no se habría realizado sin el consentimiento de la Virgen: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)!
Así, a medida que se iba formando el Cuerpo del Niño en su seno virginal, María lo guardaba todo en su corazón e iba explicitando, maravillada, la fisonomía física y moral de su Hijo. Éste, por su parte, asumía cada vez más el ser de la Madre y la iba divinizando. De hecho, por la maternidad divina, “la Bienaventurada Virgen María llegó a los confines de la divinidad”.6 Concebida en gracia, Ella era verdadera-mente “el paraíso terrestre del nuevo Adán”.7

El anhelo de María por revivir esos momentos

Cumplidos los días y habiendo nacido Jesús, ¡qué alegría no abrá sentido la Santísima Virgen al coger en sus brazos a ese Niño gestado en su seno y constatar cuánto correspondía a lo que Ella, en su inocencia, había imaginado! Es imposible hacerse una idea de la sublimidad del primer intercambio de miradas entre Madre e Hijo. ¡Cuántas cosas se dirían sin articular palabra! Mirada quizá sólo superada por otra: la última mirada de Jesús, desde lo alto de la Cruz, a su Madre. Por otro lado, no obstante, ¡cómo echaría de menos Ella la re-lación, a su vez inefable y misteriosa, que existió durante el tiempo en que el Cuerpo de Cristo se iba for-mando en su claustro!

Ciertamente, el santísimo y muy equilibrado anhelo de recibir de nuevo a Jesús en su interior iría creciendo en Ella,8 hasta el punto de que por ese deseo comulgase espiritualmente a cada instante. Por tanto, sería arquitectónico que, en determinado momento, el Señor hubiera revelado la institución de la Euca-ristía (9) a la que es modelo perfecto de los adoradores de Jesús, en la Hostia Sagrada. Pues, sin duda, los actos de amor eucarístico de la Virgen María dieron más gloria a Dios que todos los honores tributados al Santísimo Sacramento por los Ángeles y los hombres a lo largo de la Historia, ya que sola-mente Ella lo comprendió, amó y adoró debidamente.

III – Grandeza del misterio de la Eucaristía

En efecto, la Eucaristía es uno de los misterios más profundos de nuestra Fe: las apariencias, los sabores y los aro-mas son de pan y vino; sin embargo, tanto en una como en la otra especie, sólo encontramos la sustancia del Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. Los sentidos nos presentan una realidad, pero nuestra Fe nos propone otra, en la cual creemos.

Si, como enseña Santo Tomás, “el bien de la gracia de un so-lo individuo es superior al bien natural de todo el universo”,(10) ¿qué decir de la mínima fracción visible de una Hostia consagrada? Ahí está Cristo mismo. No se trata de una gota de gracia, sino del pro-pio Autor de la gracia. Es algo cuyo valor sobrepasa a la creación entera, incluyendo el orden de la gracia. Reunamos las gracias que los Ángeles y los hombres han recibido y han de recibir, y las que existen en el más alto grado en María Santísima, y todas ellas su-madas no pueden ser comparadas a lo que hay en una sola partícu-la consagrada: ¡la recapitulación del universo (cf. Ef 1, 10) bajo las apariencias de pan!

La grandeza contenida en este Sacramento es inexpresable para el lenguaje humano. Todo cuanto existe en la creación fue promovido por Dios en orden a Jesucristo, cuyo supremo acto de amor hacia los hombres consistió en instituir la Eucaristía para proporcionarnos una extraordinaria forma de unión personal con el Verbo Encarnado. A las palabras que el sacerdote pronuncia en la Consagración el mismo Dios obedece y entonces se obra el milagro más grande sobre la faz de la tierra. Por esta maravilla, bien podemos medir cuánto Él nos ama de una manera inconmensurable.

El Santísimo Sacramento embellece el alma

Cualquiera puede comprobar cómo las plantas expuestas a los rayos solares gozan de una exuberancia, belleza y vitalidad que no tienen cuando están en la sombra. Una gran diferencia que se debe únicamente al esplendor del sol. 

Ahora bien, si la naturaleza es embellecida de ese modo por la luz solar, ¿qué admirables beneficios no proporcionará al alma el rayo espiritual emanado directamente del Dios escondido? Mucho más benéfica es la Eucaristía para nuestra alma que el sol para nuestro organismo corporal. Si alguien tiene faltas o miserias —veniales evidentemente, porque en pecado mortal no se puede comulgar—, ¿está obligado a alejarse de Jesús Eucarístico? No. Al contrario, debe acercarse a Él al máximo; no huir de Jesús, sino buscar amparo en Él, porque así esa persona será purificada de sus miserias y su alma saldrá perfeccionada.(11) Nuestros ojos corpóreos, infelizmente, no logran contemplar tales cambios. Santa Catalina de Siena, que quería conocer el esplendor de un alma habitada por la gracia divina, oyó de los labios del mismo Jesús esta declaración, que relató a su confesor: “Padre mío, si vieseis lo fascinante de un alma racional, no dudo que daríais cien veces la vida por su salva-ción, porque en este mundo no hay nada que le pueda igualar en belleza”.(12)

De hecho, cuando la gracia diviniza el alma, la hace tan her-mosa y atractiva que, si pudiéramos verla, nos sentiríamos movidos a adorarla, pensando que sería Dios. Al fortalecer todas sus potencias y alimentarla con santas inspiraciones y con impulsos de amor, Jesús Sacramentado hace que el alma impregnada de la gracia se parezca cada vez más a Él.(13) Por eso, cuando vemos las maravillas realizadas por los hombres de Dios, podemos estar seguros de que éstas proceden mucho más de la Eucaristía, de la cual son devotos, que de eventuales cualidades personales.

Además de estos sublimes beneficios producidos en el alma por la Eucaristía, debemos considerar que, a pesar de nuestras limitaciones o incluso imperfecciones, Jesús nos añora y quiere atraernos hacia Él, ya que sus “delicias están con los hijos de los hombres” (Prov 8, 31). Algunas capillas del Santísimo Sacramento exhiben muy apropiadamente la frase elocuente de Santa Marta a su hermana: “Magister adest et vocat te —El Maestro está ahí y te llama” (Jn 11, 28). Cuando entramos al recinto sagrado para hacerle una visita, Jesús Sacramentado nos recibe con alegría, como si dijera: “¡Estás aquí, hijo mío! ¡Cuánto tiempo hace que no te veía... Ven!”. De hecho, nuestro Redentor nos ama tanto que, aun cuando nuestras miserias sean muy grandes, se alegra de vernos.

Fuerzas para enfrentar las dificultades

Hay muchas situaciones en las cuales una persona se siente espiritualmente anémica: ocasiones próximas de pecado que se presentan o circunstancias favorables al empobrecimiento espiri-tual, en fin, innumerables ocasiones que pueden minar la fortaleza del alma. Entonces, ¿dónde podremos recuperar las fuerzas? En la Eucaristía. Un ejemplo de ello nos lo da —entre otros numero-sos santos—, Santo Tomás de Aquino. Celebraba su Misa a primera hora de la mañana y enseguida asistía a la de otro fraile.(14) Según consta, incluso le gustaba acolitar las Misas de sus hermanos de há-bito. “Hablando de los Sacramentos —decía en una audiencia el Papa Benedicto XVI—, Santo Tomás se detiene de modo particu-lar en el misterio de la Eucaristía, por el cual tuvo una grandísima devoción, hasta tal punto que, según los antiguos biógrafos, solía acercar su cabeza al Sagrario, como para sentir palpitar el Corazón divino y humano de Jesús”.(15)

Duración de los efectos de la Eucaristía

A veces cometemos el error de creer que cuando comulga-mos Jesucristo permanece en nosotros tan sólo los cinco o diez minutos que duran las Especies Eucarísticas. Aunque se trata de una realidad espiritual mucho más profunda. De hecho, incluso al cesar la Presencia Real del Señor, en el alma “permanece la gracia, porque, habiendo recibido este Pan de Vida en gracia, ésta permanece en el alma”, (16) como el mismo Dios afirmó a Santa Catalina de Siena.

“Consumidos los accidentes del pan —continúa la misma re-velación— dejo en vosotros la huella de mi gracia como el sello que se pone sobre la cera caliente. Separando y quitando el sello, queda en ella la huella de aquel. De este modo, resta en el alma la virtud de este Sacramento, es decir, os queda el calor de la divina caridad, clemencia del Espíritu Santo. Queda en vosotros la luz de la sabiduría de mi Hijo unigénito, que ilumina los ojos de vuestra inteligencia para que conozcáis y veáis la doctrina de mi Verdad y de esta misma sabiduría”. (17)

Un alimento que asume a quien lo toma

Cuando comemos, nuestro organismo asimila los alimentos ingeridos, extrayendo de ellos las sustancias útiles para la vida. Pero la teología nos enseña que cuando comulgamos ocurre lo contrario: es Cristo “quien nos diviniza y transforma en Sí mismo. En la Eucaristía alcanza el cristiano su máxima cristificación, en la que consiste la santidad”.(18) No lo consumimos nosotros, dado que Él cesa su presencia sacramental en nosotros a partir del momento en que desaparecen las Sagradas Especies. Estando en nosotros, Él nos llena de vida sobrenatural, santifica nuestra alma y beneficia en consecuencia nuestro cuerpo.

Por esta razón, el mismo Jesús, como narra el Evangelio de esta Solemnidad, destaca la sustancial diferencia entre el maná recibido por los judíos en el desierto y el alimento traído por Él en la Eucaristía: “Éste es el pan que ha bajado del Cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre”.

Prenda de resurrección para la vida eterna

“Por la Santa Comunión se renueva en cierto modo el augusto misterio de la Encarnación”,(19) afirma con autoridad San Pedro Julián Eymard. El padre Royo Marín es más afirmativo: “En el al-ma del que acaba de comulgar —dice—, el Padre engendra a su Hi-jo unigénito, y de ambos procede esa corriente de amor, verdadero torrente de llamas, que es el Espíritu Santo”.(20) En virtud de la unión eucarística, el alma del fiel “se hace más sagrada que la custodia y el copón y aún más que las mismas especies sacramentales, que contienen a Cristo —ciertamente—, pero sin tocarle siquiera ni recibir de Él influencia santificadora”.(21) Y por eso, el que comulga recibe gracias para vivir de acuerdo con los Mandamientos y obtener el premio de la resurrección en cuerpo glorioso: “el que come este pan vivirá para siempre”.

IV – Sepamos retribuir sin medida

Lamentablemente, a menudo no consideramos en pro-fundidad todos los beneficios recibidos en esta sagrada convivencia con la Eucaristía, en la cual nuestro Divino Redentor se halla realmente presente como cuando obró la transformación del agua en vino en las Bodas de Caná, o cuando resucitó a Lázaro, o cuando expulsó a los mercaderes del Templo. ¿Qué no daríamos por presenciar un único milagro de Jesús o escuchar alguno de sus sermones? ¿O incluso recibir una sola mirada suya? Cuando lleguemos al Cielo, si Dios nos concede esa suprema gracia, comprenderemos que un instante de adoración eucarística compensa mil años de sacrificios en la tierra.

Y sin embargo, hoy tenemos a Jesús Sacramentado en los Tabernáculos siempre a nuestra disposición; en todo momento está esperándonos con gracias insignes, deseoso de recibir nuestra pobre visita. Si en la Encarnación Dios quiso unirse a la más pura de las criaturas, en la Santa Comunión celebra sus bodas con cada persona en particular, en una unión sin paralelo. “El alma se une de tal manera a Cristo que, por así decirlo, pierde su propio ser y deja vivir en ella tan sólo a Jesús”.(22) Perderse en el Señor como una gota de agua en el océano. Y la correspondencia de nuestro amor hará más profunda y perfecta tal unión.
Pidamos a Jesús Sacramentado, en esta fiesta de la Eucaristía, un amor íntegro y una entrega total a Él, única restitución digna por todo lo que recibimos de Él. Y rebosemos de alegría y entusiasmo al ser tan amados individualmente por un Dios que, ya en esta vida, es nuestra “recompensa muy abundante” (Gen 15, 1). 

 

   Mons. Juan Clá Diaz, EP

   Fundador de los Heraldos del Evangelio

 

 

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1) Cf. CCE 295

2) CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. A presença de Cristo entre os homens. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VI. N.63 (Jun., 2003); p.23.

3) Idem, ibidem.
4) Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, c.65, a.3.

5) Cf. GOMÁ Y TOMÁS, Isidro. El Evangelio explicado. Pasión y Muerte. Resurrección y vida gloriosa de Jesús. Barcelona: Rafael Casulleras, 1930, v.IV, p.274.

6) CAYETANO, apud ROYO MARÍN, OP, Antonio. La Virgen María. 2.ed. Madrid: BAC, 1997, p.102.
7) SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.6. In: OEuvres Complètes. Paris: Du Seuil, 1966, p.490.

8) Cf. ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Virgen Santísima. Madrid: BAC, 1945, p.682.
9) Cf. Idem, p.676-677.

10) SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I-II, q.113, a.9, ad 2.

11) Cf. ALASTRUEY, Gregorio. Tratado de la Santísima Eucaristía. 2.ed. Madrid: BAC, 1952, p.237-238.
12) BEATO RAYMUNDO DE CAPUA. Santa Caterina da Siena. 5.ed. Siena: Cantagalli, 1994, p.149.
13) Cf. SAN PEDRO JULIÁN EYMARD. A divina Eucaristia. São Paulo: Loyola, 2002, v.II, p.30.

14) Cf. GRABMANN, Martín. Santo Tomás de Aquino. 2.ed. Barcelona: Labor, 1945, p.29.
15) BENEDICTO XVI. Audiencia General, de 23/6/2010.

16) SANTA CATALINA DE SIENA. El Diálogo. Madrid: BAC, 1955, p.398.
17) Idem, ibidem.
18) ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2006, p.453.

19) SAN PEDRO JULIÁN EYMARD, op. cit., p.26.
20) ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, op. cit., p.454.
21) Idem, ibidem.

 22) SAN PEDRO JULIÁN EYMARD, op. cit., p.126.

 Fuente: Clá Diaz,EP, Juan Cla. Lo Inedito de los Evangelio; Tomo I, Pags. 435 a 447.

 

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