E

s muy breve la existencia del hombre en esta tierra, porque “no dura más que un soplo” y “pasa como una sombra” (Sal 38, 6-7). Además, por muchos años que vivamos, “la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan” (Sal 89, 10).

Juicio final. 1510. Juan de Borgoña Pintura al fresco Sala Capitular de la Catedral de Toledo


     Y lo que ocurre después de la muerte continúa siendo un misterio. Hay, sin duda, un juicio particular, en donde cada acto humano es pesado, contado y medido, y el consecuente destino eterno es establecido para cada hombre: habiendo sido objeto de insondable y constante misericordia de parte de Dios a lo largo de la vida, perdonándonos siempre que se lo pedíamos, es necesario que en ese momento Él manifieste su justicia, para que no le falte ningún equilibrio a la perfección de su modo de actuar.
     Ahora bien, los crímenes practicados en vida causan estragos que precisan ser reparados, pues la muerte no exime a nadie de sus responsabilidades. Por lo tanto, es necesario que se haga justicia a todos los perjudicados. Por otra parte, ¡cuántos heroísmos son practicados en el silencio y en la oscuridad! Todo esto deberá ser revelado (cf. Lc 12, 3; Mt 10, 26), en un gran “arreglo de cuentas” general con toda la humanidad, y ése será el Juicio final.
     No obstante, limitarlo a eso sería demostrar una visión muy empequeñecida al respecto. De hecho, así como los pecados hieren el orden del universo, la gran perjudicada por la infidelidad de los hombres es la Historia, pues todo hombre tiene una misión única e irrepetible que, incumplida, perjudica —además de a la propia persona— a todos los que dependían de su fidelidad. Esa responsabilidad de cada uno, frente a los otros y al conjunto de la Historia, también debe ser juzgada, y ante todos.          Aún hay más. Dios creó al mundo para que le glorifique. Luego es necesario que sus criaturas le den toda la gloria. Ahora bien, la mayor belleza de la Historia no puede ser vista por los hombres antes de su fin, porque —al estar en esta-do de prueba— el Señor no nos revela todo lo que hace.
     Escribe recto en líneas que tal vez nos parecen torcidas, pero es necesario que, en determinado momento, se manifieste a la Creación entera la profunda integridad que siempre existió en la escritura divina.
     En ese sentido, el Juicio final será la grandiosa aula magna de la Historia, pero también la última derrota del mal, porque en esa ocasión se le cortará definitivamente cualquier tipo de actuación: le será cerrado todo camino y arrancada cualquier ilusión de victoria que aún le reste. A los condenados no les quedará más que desánimo, llanto y derrota.
     Se habrá realizado en su plenitud el plan de Dios (cf. Ap 11, 15-18), y al igual que la historia de un edificio realmente empieza cuando queda completa su construcción, así también la Creación únicamente llegará a su auge después del Juicio final. Entonces comenzará la eternidad, es decir, se iniciará la verdadera Historia de la humanidad… para la cual la Historia de esta tierra tan sólo habrá sido la introducción. Pero ¿dónde estaremos? En el lugar que habremos merecido. Una vez más, somos nosotros los que decidimos…

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio Nº 184, noviembre de 2018. Editorial