La única solución verdadera

Editorial – Revista Heraldos del Evangelio, abril de 2020

Mientras el ser humano constata, una vez más, su incapacidad de afrontar los acontecimientos claves de la Historia valiéndose únicamente de sus propios recursos, el enfermizo mundo actual da crecientes señales de estremecimiento.

No es la primea vez que la humanidad enfrenta graves desafíos, ni será la última. Se multiplican los estudios científicos que presentan previsiones horribles: meteoritos, epidemias o desastres climáticos capaces de barrer en cualquier momento al hombre de la faz de la tierra… Y, a pesar de ello, la Historia continúa.

La novedad de nuestros días consista, quizá, en la falta de fe que, a nivel global, se constata en las almas. En tiempos pasados se multiplicaban procesiones, devociones y penitencias. El empeño en aplacar a un Dios airado por la perversidad de las costumbres se extendía hasta los paganos. Así lo hicieron, por ejemplo, los habitantes de Nínive, conmovidos al oír la voz del profeta (cf. Jon 3, 4-9). Sin embargo, hoy día muchos de los que se llaman cristianos no poseen ni siquiera la sensibilidad religiosa que animaba a aquel pueblo idólatra.

Dios nunca abandona a su pueblo. En los momentos de gran calamidad envía a almas providenciales a las que les incumbe la tarea de alertar a los hombres y mostrarles el camino de la santidad. Por medio de ellas ofrece al mundo, una vez más, la salvación. Es lo que ocurrió con Santa Catalina de Siena en una época especialmente crítica de la Historia de la Iglesia.

Las voces que traen de parte de Dios la solución para las crisis más graves son, no obstante, raramente escuchadas y muchas veces perseguidas. No es de extrañar, por tanto, que “si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!” (Mt 10, 25). Esas almas proféticas siguen, así, las huellas de aquel que, habiendo amado a los suyos “hasta el extremo” (Jn 13, 1), no fue recibido por ellos (cf. Jn 1, 11).

La situación actual sorprende también por su similitud con el caos que se siguió a la crucifixión. Un clima de pánico, inseguridad y desorientación envolvió a los seguidores de Cristo a causa de su falta de fe, hasta el punto de que muchos pensaron desistir, como hicieron los discípulos de Emaús.

Estos últimos prefiguraban a los cristianos de hoy que, creyendo haber sido defraudados por Dios, decidieron hundirse nuevamente en el ateísmo práctico del cual Jesús los había liberado. Abandonando el lugar donde la Iglesia se encontraba reunida, tomaron el camino de vuelta hacia sus casas; pero el Redentor no desistió: fue en su búsqueda, deseoso de que se arrepintieran y se salvaran.

Aunque no todos responden como esos discípulos cuando son abordados por el divino Maestro. En la mayoría de los casos es ignorado, despreciado e incluso increpado. Aun cuando, como profetiza el Apocalipsis, los hombres sufren merecidos castigos, en vez de cambiar de vida, se rebelan y maldicen a Dios (cf. Ap 16, 8-11).

El Señor profetizó guerras, “hambre, epidemias y terremotos en diversos lugares”, advirtiendo de que “todo esto será el comienzo de los dolores” (Mt 24, 7-8). ¿Estaremos viviendo ahora ese tiempo? En cualquier caso, nuestra salvación nunca
vendrá de soluciones humanas, sino de una fe auténtica en Dios, propia a engendrar verdaderas obras de conversión.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, abril de 2020, p. 5.
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