Necesidad de la devoción a la Santísima Virgen

Nacimos para la vida de la gracia por la omnipotente intercesión de María Santísima y a Ella deben dirigirse nuestras súplicas de progreso espiritual y perseverancia.

Plinio Corrêa de Oliveira

San Luis María Grignion de Montfort dedica el primer capítulo del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen a demostrar la necesidad de que seamos devotos de Nuestra Señora. ¿En qué sentido? Tratemos de explicar esa tesis.

Necesidad de la devoción a la Santísima Virgen

Para que se entienda a dónde desea llegar San Luis, se ha de leer dicho capítulo con mucha atención.

Empieza con un preámbulo y después desarrolla la demostración. En ese prólogo establece cuál es el alcance de la palabra necesidad: no intenta decir que Dios necesite absolutamente de Nuestra Señora para salvar a las almas, pues, al ser omnipotente y perfecto, no precisa de nadie. Está por encima de todo y podría haber creado un mundo en el cual Nuestra Señora no existiera y las almas se salvaran sin Ella.

La necesidad de María en la vida espiritual es, por tanto, de otro tipo. Una vez que Dios la creó y le dio, por un acto libérrimo de su voluntad, determinadas perfecciones y atribuciones, entre ellas la medicación universal, la devoción a Ella se hizo necesaria. En otras palabras, la Iglesia Católica no sustenta que Dios precise de Nuestra Señora, sino que afirma lo siguiente: el Señor quiso que Ella fuera necesaria para nuestra salvación, y así lo dispuso por deliberación de sus superiores designios.

Transcendental importancia de la Encarnación

La demostración que San Luis Grignion hace de la necesidad de la devoción a Nuestra Señora está basada en el papel que Ella tuvo en la Encarnación. Vamos, ante todo, a situar bien el asunto.

La primera tesis que debemos recordar es la de la suma importancia que tuvo la Encarnación en la obra de la Creación. Los teólogos discuten entre sí un punto con respecto a ello. Dicen algunos que si el hombre no hubiera pecado el Verbo eterno no habría tomado nuestra carne; otros afirman que la Encarnación se produciría incluso sin la culpa original.

De ahí concluyen los primeros que, aun habiendo sido un mal, el pecado de Adán comportó una ventaja para el hombre; por eso la liturgia canta el Sábado Santo: O felix culpa… – ¡Oh, feliz culpa, que nos mereció tal Redentor! Es decir, sin la caída de nuestros primeros padres no habríamos tenido la felicidad de poseer al Salvador.

De una manera u otra, ya sea admitiendo esta o aquella tesis, debemos reconocer que la Encarnación del Verbo no es un episodio entre otros en la Historia de la humanidad, sino, como la Redención, un hecho culminante.

Al ser Dios Aquel que es, excepción hecha de la generación del Verbo y de la procesión del Espíritu Santo, nunca ha pasado nada que, ni de lejos, pudiera ser tan importan-te como la Encarnación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Se trata de un hecho relacionado con la propia naturaleza divina; y lo que concierne a Dios es incomparablemente más relevante que aquello que se refiere al hombre. La Encarnación transciende a todo en importancia, y a ella está vinculada, de modo íntimo, la Redención.

El papel de Nuestra Señora en los planes divinos

Plinio Corrêa de Oliveira, en Saint-Laurent-sur-Sèvre, besando una imagen esculpida por San Luis María Grignion de Montfort

Por ese motivo, el papel que Nuestra Señora desempeña en la Encarnación pone de relieve el alcance mismo que Ella disfruta de todos los planes divinos, focalizando precisamente lo que éstos tienen de más importante y fundamental.

Nos parece admirable, por ejemplo, el hecho de que Nuestro Señor escogiera a Constantino para sacar a la Iglesia de las catacumbas; pero ¿qué es esto en comparación con haber elegido a Nuestra Señora, desde toda la eternidad, para que en Ella fuera engendrado el Salvador? Nada, absolutamente. Admiramos enormemente a Anchieta porque evangelizó Brasil; ahora bien, ¿qué es evangelizar un país al lado de cooperar en la Encarnación del Verbo? ¡Nada!

Pongamos que se trata de salvar al mundo de la crisis actual y de restablecer el Reino de Cristo y supongamos que Nuestro Señor escoge a un solo hombre para dicha tarea. Consideraríamos formidable esa misión, y con razón. No obstante, ¿qué sería esto ante la misión de Nuestra Señora? ¡Nada! Ella se sitúa en un plano sin comparación al papel histórico de cualquier persona, incluso al de San Pedro, a pesar de haber sido el primer Papa.

Con respecto a Nuestra Señora uno siempre se ve obligado a repetir la expresión: “sin comparación”. Ella revienta el vocabulario humano. Existe tal desproporción ente Ella y las demás criaturas que la única cosa segura es decir “sin comparación”…

Recordadas estas nociones, hemos de concluir que estudiar la participación de Nuestra Señora en la Encarnación es analizar su papel en el acontecimiento más importante de todos los tiempos, junto con la Redención. ¿Y qué papel era ése?

San Luis Grignion responde considerando la participación de las tres Personas de la Santísima Trinidad en la Encarnación y luego la cooperación de Nuestra Señora con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

Cooperación con el Padre eterno

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, la imagen de María Auxiliadora de la casa Thabor, de Caieiras. En la página anterior, Nuestra Señora Sede de la Sabiduría – Casa Bela Vista, Mairiporã

Conforme el lenguaje de las Escrituras, Jesucristo fue enviado al mundo por el Padre eterno para salvar a los hombres. El Antiguo Testamento, en una de sus profecías, afirma sobre Nuestro Señor: “Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad” (Sal 39, 8-9).

Jesucristo habla constantemente de su Padre celestial como siendo el que lo envió y se manifestó en Él en cuanto su Hijo amado. Fue al Padre a quien invocó cuando entregó su alma, diciendo: “A tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

Ahora bien, si el Padre eterno nos mandó a Jesucristo, ¿qué papel tuvo Nuestra Señora en ese acto?

Debemos considerar, en primer lugar, que el mundo no era digno de recibir a Nuestro Señor Jesucristo. Si nos fue enviado por el Padre eterno, lo era a causa de la Santísima Virgen, que imploró su venida. Y Él lo entregó a María por ser la única digna de recibirlo.

Desde esa perspectiva se entiende mejor la queja que el Evangelio de San Juan contiene: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Los suyos no lo recibirían, pero Nuestra Señora lo acogería de modo sublime y por eso Él vino: porque la encontró en el mundo, en caso contrario no habría bajado del Cielo.

La aparición de Cristo sobre la tierra es, por tanto, fruto de la presencia y de las oraciones de la Virgen Santísima. De esta forma colaboraba Ella con el acto del Padre eterno por el cual Jesús fue mandado al mundo.

La fecundidad de Dios Padre es infinita, hasta el punto de que la idea formada por Él de sí mismo engendra una Persona divina. Pues bien, esa fecundidad fue transmitida a Nuestra Señora, para que Ella engendrara a Jesús y a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

Nuestra Señora es, por consiguiente, Madre de los fieles, pero no sólo en el sentido alegórico y metafórico de querernos bien: lo es verdaderamente en el orden de la gracia. Y si esa maternidad divina existe significa que el Padre eterno le comunicó de alguna forma su propia fecundidad.

Aplicaciones para nuestra vida espiritual

Tanto del hecho de que Nuestra Señora mereciera con sus oraciones la venida del Mesías, como de que recibiera la fecundidad del Padre eterno, podemos sacar lecciones para nuestra vida espiritual. Para eso debemos primeramente analizar a la Santísima Virgen en su celo por la causa de Dios. En su oración, sin duda observaba la situación de extrema miseria moral en la que había caído el pueblo elegido y deseaba ardientemente que Israel fuera elevado nuevamente a su antigua condición. Consideraba también la decadencia de la humanidad, conociendo mejor que nadie la de almas que se perdían en aquella era pagana, y veía a Satanás imperar sobre el mundo.

María Santísima entonces hizo, en la tierra, el papel de San Miguel, en el Cielo: su oración, rogando que Dios viniera al mundo, equivale al “Quis ut Deus?” (1) del arcángel. Ella es la que se levanta contra ese estado de cosas; sólo Ella tiene una súplica lo bastante poderosa como para asestar un golpe que todo lo transforma.

La Anunciación, por Fra Angélico Museo del Prado, Madrid

Luego la plenitud de los tiempos concluye: Nuestro Señor Jesucristo nace y toda la humanidad es reconstruida, regenerada, elevada y santificada. Las almas empiezan a salvar-se en profusión, las puertas del Cielo se abren, el Infierno es aplastado, la muerte es destruida, la Iglesia Católica florece sobre la faz de la tierra. Y todo ello como efecto de la oración de Nuestra Señora. ¿No es verdad que, también desde ese aspecto, Ella se nos presenta como un modelo? ¿No debemos querer en nuestros días la victoria de Nuestro Señor, como María Santísima la deseó en su época? ¿No hay una analogía absoluta entre el ardor con que Ella quiso la instauración del Reino de Cristo en la tierra y el fervor con que debemos desearlo?

¿No es verdad que si su oración fue necesaria para la realización de la Encarnación, también es indispensable para conseguir en el momento actual la victoria de Jesucristo en el mundo? Cuando nos extenuamos en la lucha por el triunfo de Dios, ¿nos acordamos de re-zar a Nuestra Señora? Cuan-do le rezamos, ¿nos acordamos de pedirle esa gracia?

¿No sería una buena oración que, por ejemplo, al contemplar el misterio de la Anunciación durante la primera decena del Rosario, tuviéramos en mente a Nuestra Señora pidiendo la venida del Salvador, y le rogáramos a Ella que Jesucristo nuevamente triunfe en el mundo, con una futura victoria de la Iglesia Católica? ¿No tenemos ahí una buena aplicación de ese misterio para la vida espiritual? ¿No es así como ésta debe ser vista, vivida y conducida? ¿Esto no es mucho más sólido que un arrastrado murmullo piadoso?

Sin duda que es con estas verdades de fe con las que se alimentan la piedad y toda la vida espiritual.

Piedad basada en principios, no en sentimientos

Contemplemos a Nuestra Señora apresurando, con su oración, la venida del Mesías. Ahora bien, si Nuestro Señor viene a nosotros también en la comunión, podemos y debemos pedir a la Virgen María, cuando nos preparamos para recibir a su divino Hijo, algo de los sentimientos con que Ella lo acogió en el momento de la Encarnación.

Y si deseamos obtener para alguien la gracia de la comunión diaria, ¿no será útil pedirle a Nuestra Señora que consiga para aquella alma la recepción cotidiana de Nuestro Señor, recordándole la eficacia de la oración con la que Ella obtuvo la venida de Jesucristo al mundo?

Consideremos, por otro lado, la participación de Nuestra Señora en la fecundidad del Padre eterno para engendrar miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

Cuando pasamos cerca de algún baptisterio debemos acordarnos de hacer una oración a la Santísima Virgen, rogándole que nos conserve, hasta la muerte, en la correspondencia a la gracia del Bautismo. Fue ante una pila bautismal que entramos al seno de la Iglesia Católica, nacimos para la vida sobrenatural y, por la oración de Nuestra Señora y por la fecundidad de Dios nuestro Señor, fuimos engendrados como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, del cual María es su verdadera Madre.

Fresco de la Madre del Buen Consejo Genazzano (Italia)


Y si nos acordamos aún de que nacimos para la vida de la gracia por la misma omnipotente intercesión de la Santísima Virgen, entonces encontraremos que todo nos permite pedirle a Ella que nos conserve en las celestiales dádivas del Bautismo y nos colme con la virtud del sentido católico, coronación de esa unión extremamente íntima con Cristo.

La piedad debe consistir en formar disposiciones de espíritu basadas en esos principios enseñados por la Iglesia y por la teología, y no en meros sentimientos. Tales enseñanzas engendran un amor a Nuestra Señora muy serio y muy sólido. Así es como se construye la verdadera devoción a María y se consolida la auténtica vida espiritual.

Extraído, con pequeñas adaptaciones, de la revista “Dr. Plinio”. São Paulo. Año VII. N.º 74 (Mayo, 2004); pp. 20-25.

Citas:
1 Del latín: “¿Quién como Dios?”

fuente: revista heraldos del evangelio, enero de 2020, pp. 24-27.

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